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Los Filibusteros y Sancho Jimeno

LOS FILIBUSTEROS Y SANCHO JIMENO 1697

CUADRO 3

I

Corría el año de 1697. España y Francia continuaban en guerra abierta, la cual llevaban adelante no sólo en Europa, sino en América, Asia y África, y los ejércitos se batían en tierra y las escuadras navales en los mares. El mundo entero gemía agitado por aquellos dos gigantes, que procuraban sobreponerse el uno al otro, y adquirir cada cual más poderío y mayor influencia en la política europea. Sin embargo, hacía muchos años que España iba decayendo y perdía batalla tras de batalla: en Flandes, en Cataluña, en Italia, en todas partes, los ejércitos del enfermo Carlos II eran vencidos por los siempre victoriosos hasta entonces de Luis XIV.

Todos los medios parecían buenos al gobierno francés, con tal de conseguir la victoria y arruinar a España. Así fue como, conociendo que Carlos II obtenía los mayores recursos de sus colonias americanas, y siendo Cartagena de Indias uno de los más ricos depósitos del caudal del rey de España, Luis XIV resolvió que aquella plaza fuese atacada y arruinada por sus escuadras.

Juan Bernardo Desjeans, Barón de Pointis, era un marino de notable reputación, que había combatido con buen éxito en África y en otras partes. Siendo éste -que contaba ya cincuenta años- hombre de experiencia y muy respetado por sus compañeros de armas, Luis XIV le encomendó la expedición a las colonias españolas de América, con encargo de apoderarse en primer lugar de Cartagena. Pointis debía ponerse de acuerdo con el gobernador de las posesiones francesas en Santo Domingo, cuya capital era Petit-Goave. Dicho gobernador era también un distinguido marino, Juan Bautista Ducassé, antiguo negrero y de grande influencia sobre los filibusteros de las islas adyacentes.

Los filibusteros eran los miembros de ciertas compañías de piratas o bandidos de mar, unos ingleses, otros franceses, que tenían sus guaridas en las pequeñas Antillas que los españoles no habían tomado para sí, y en donde se aprestaban expediciones contra las colonias españolas .

La escuadra francesa, al mando del barón de Pointis, había llegado a La Española a principios de marzo; constaba de diez buques de guerra, a los cuales añadió Ducassé dos navíos grandes con tropa armada y doce pequeños, llenos de negros prófugos, y piratas y filibusteros sin ley ni Dios, pertenecientes a todas las naciones del mundo. El ejército se componía de cerca de diez mil hombres, perfectamente armados y municionados, llevando además amplias provisiones de boca robadas, y todos animados por la pasión del lucro y llenos de osadía y crueldad 2 . Ofreció Pointis pagar a los filibusteros mercenarios una suma igual a la que tocara a las tropas del rey que iban en los buques traídos de Francia, pago que había de hacerse con el botín que tomasen en Cartagena, cosa por cierto vergonzosa y que hoy deshonraría a un gobierno.

Todo estaba listo y preparado en Petit-Goave para emprender marcha, y sin embargo no se daban las órdenes de embarque, porque Ducassé aguardaba un mensajero que había mandado ocultamente a Cartagena, a tomar lenguas y averiguar si podía entenderse con algunos de los oficiales de la guarnición española de la plaza, a varios de los cuales conocía personalmente. Regresó al fin el mensajero y encerróse con Ducassé, con quien tuvo una larga conferencia, cuyo resultado no lo supo nadie; ni siquiera el mismo general de las tropas del rey tuvo conocimiento exacto de las noticias que trajo el enviado del gobernador. Este sólo dijo que todo andaba bien en Cartagena, y que podrían darse a la vela lo más pronto posible.

II

Gobernaba la ciudad y la provincia de Cartagena don Diego de los Ríos, hombre perezoso, descuidado y poco activo, que nunca se decidía a dar un paso sino después de largas reflexiones, con lo cual dejaba escapar toda ocasión favorable. Tenía, además, un gravísimo defecto, y era el de la envidia y la mala voluntad que profesaba con respecto al castellano de Boca Chica, don Sancho Jimeno, el cual poseía muy relevantes prendas, una actividad asombrosa, una pericia sorprendente, una gallardía poco común, y era tan bien quisto entre las damas, como obedecido y respetado por sus compañeros de armas. En su primera juventud fue paje del segundo don Juan de Austria (hijo ilegítimo de Felipe IV), y a la muerte de este príncipe sirvió en las guerras de Flandes, Como su familia era hidalga pero pobre, don Sancho se vio obligado a aceptar un destino en las Indias, y estuvo interinamente de gobernador de Cartagena. Su extraordinaria honradez, llevada hasta el mayor grado, le granjeó enemigos

Aquella noble acción fue recompensada por la Providencia, pues Teresa de Guzmán, no sólo era bella como un lucero, sino virtuosísima y de espíritu tan generoso y levantado como el de su esposo.

Relegado Sancho Jimeno a Boca Chica, en calidad de castellano de la fortaleza, como se viese querido por el pueblo cartagenero, aunque mal visto por todos aquellos que envidiaban sus virtudes, sin por eso tratar de imitarlas, el español resolvió ir lo menos posible a la ciudad de Cartagena; así fue como compró un terreno en la vecina isla de Barú, para que viviese allí su esposa, y de esa manera verla frecuentemente, sin abandonar su puesto en la fortaleza de San Fernando, que le tenían encomendada.

-Señor, -dijo un negro, sirviente de confianza de Sancho Jimeno, entrando una madrugada en su dormitorio-, acaban de llegar unos marineros en los botes que traen sal de Zamba, y éstos dicen que cuando ellos salieron de aquel lugar entraban en la ensenada veintidós bajeles de filibusteros.

-¡De filibusteros!

-Sí, señor, y añaden que entre éstos hay grandes navíos armados con multitud de cañones y llenos de soldados.

-Están a diez leguas de distancia no más de Cartagena los enemigos, ¡y nosotros desprevenidos! -exclamó el castellano, arrojándose de su hamaca; y vistiéndose apresuradamente buscó papel, pluma y tinta, y escribió una carta que cerró y selló. 

-Anda ahora mismo a Cartagena, -dijo al negro, que aún permanecía en el aposento-, y lleva ese papel al señor gobernador don Diego de los Ríos.

-No está en Cartagena, señor.

-¿No está en Cartagena?

-Ayer tarde se puso en marcha para Turbaco, con toda su familia.

-¡Sin avisármelo siquiera!... Pero esto urge; anda a Turbaco con esa razón, y no te detengas en ninguna parte hasta no entregarle el papel.

Un cuarto de hora después el negro, con dos remeros embarcados en una ligerísima canoa, salía del castillo de San Fernando y se dirigía a tierra firme en busca del camino de Turbaco.

Algunas horas hacía que el gobernador estaba disfrutando de la fresca de la tarde en el bonito pueblo de Turbaco en donde poseían casas de recreo los ricos de Cartagena, cuando llegó jadeante el negro esclavo del castellano de San Fernando.

He aquí la carta de Sancho Jimeno, que leyó el gobernador con suma sorpresa:

"Excelentísimo señor:

Ahora mismo que son las seis de la mañana de este ocho del mes de abril, acabo de tener noticia de que en Zamba se hallan más de veinte bajeles de filibusteros, los cuales vendrán sin duda a atacar a esta plaza. La guarnición del castillo de San Fernando no consta sino de sesenta y ocho negros y esclavos de las haciendas vecinas, que he podido alquilar, y sólo treinta y cinco soldados veteranos. Los primeros son casi salvajes y no entienden el ejercicio ni la disciplina. Esta fortaleza ha tenido en todo tiempo una guarnición de cerca de cuatrocientos hombres. Suplico, pues, a su excelencia que inmediatamente me mande los soldados que me hacen falta, que yo desde este momento mandaré a buscar los víveres que se necesitan para un sitio, si acaso los piratas nos lo ponen. Ahora tres años hubo peligro de piratas en Cartagena, cuando yo tenía el cargo de gobernador, y con sólo tomar las providencias del caso para defender la plaza, los bandidos lo supieron y no se atrevieron a atacarnos. Ahora sucederá lo mismo, si su excelencia toma las precauciones debidas.

Besa los pies de su excelencia su más rendido servidor,

SANCHO JIMENO,    

Castellano de Boca Chica".

"P. D.-Acabo de saber que su excelencia está en Turbaco. Como presumo que se vendrá inmediatamente para Cartagena, espero la llegada de los soldados que necesito a más tardar mañana en la tarde".

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-¡Vaya, vaya! ¡Si será aprehensivo el señor Castellano de Boca Chica! -exclamó el gobernador. Y volviéndose al negro añadió-: Dile a tu amo que mañana no me iré a Cartagena, porque tengo que hacer un rodeo; que a eso vine, y no me he de ir sin cumplir con lo que pensé hacer... Y añade que pierda cuidado; que hace meses que yo tenía noticia de esa expedición de franceses y filibusteros, pero que no es a Cartagena adonde se dirigen, sino a Portobelo, y allí hallarán la armada del conde de Saucedillo, que les hará frente.

-¿No sería mejor que su excelencia le escribiese todo eso a mi amo?... Yo puedo olvidar algo, y...

-¡Escribirle! -exclamó el perezoso gobernador-; no lo pienses... Yo vine a descansar en Turbaco, y ni recado de escribir traje. Anda, anda a buscar a tu amo, y repítele lo que te he dicho, que eso lo tranquilizará y me dejará en paz y sosiego.

Recibió don Sancho Jimeno el recado del gobernador con no reprimida ira; envió inmediatamente estas noticias a Cartagena, para que se fuesen preparando y apercibiendo; pero ninguno de los empleados del gobierno español quiso o pudo tomar las providencias del caso y el castellano veía con desesperación que pasaban las horas y los días sin que regresase el gobernador, no obstante los muchos mensajes que mandaba, puesto que los mensajes produjeron lo contrario de lo que aguardaba: don Diego, que, como ya sabemos, no quería a don Sancho, por llevarle ,1a contraria permaneció ausente de Cartagena hasta el día doce, en que regresó. Este hizo saber a don Sancho que el día siguiente por la tarde le enviaría la guarnición que pedía, y mientras tanto él fue a visitar los castillos de Manzanillo y Santa Cruz, sitos en la bahía y distantes de la ciudad.

Como llegase el gobernador ya oscuro al castillo de Santa Cruz el día doce por la noche, no quiso regresar a Cartagena, y pernoctó allí.

Cuando se levantó el día trece, vio que toda la guarnición estaba sobre las murallas mirando hacia el mar.

-¿Qué miráis? -preguntó.

-Una multitud de velas que parecen venir hacia acá.

-Os equivocáis, -repuso el gobernador muy serio-; esos deben de ser los bajeles de filibusteros que van a Portobelo.

-¿Estáis seguro de eso? -preguntó el comandante del castillo.

-Lo presumo así...

-¡Señor gobernador! -exclamó el comandante con indignación-, habéis faltado a vuestro deber cuando no apercibisteis la plaza con tiempo. Ved cómo uno de los buques mayores se dirige, hacia el puerto directamente.

-¡Coronel Vallejo! -dijo el gobernador, muy airado-, ¿cómo os atrevéis a proferir esas palabras? Pase vuesamerced arrestado a Cartagena.

-¡A un coronel no se le trata así! -dijo el otro con rabia-, y...

-Callad, y cumplid mi orden, porque os puede costar caro el irrespeto... -¿Pero quién queda en mi lugar en este castillo? -Nadie... Si el enemigo nos ataca seriamente, no tenemos fuerzas suficientes para guarnecer a Santa Cruz y hemos de abandonarlo con tiempo... Pero, -añadió-, no entrará el enemigo en Cartagena... Hace más de cien años que ningún pirata, filibustero o enemigo, ha osado hacerlo. ¿Y por qué lo han de intentar ahora?

Dos horas después el gobernador regresaba a Cartagena llevando consigo toda la guarnición de Santa Cruz, en el momento en que un barco enemigo, con cincuenta bocas de cañón, se ponía de guardia a la entrada del puerto, quedando éste bloqueado por mar.

En el entre tanto, éste era el suceso que ocurría en el castillo de San Fernando de Boca Chica: don Sancho Jimeno había mandado llamar a su esposa para despedirse de ella.

-Adiós, -la decía abrazándola tiernamente-, adiós amada Teresa... Es posible que no nos volvamos a ver jamás; no me olvides en tus oraciones hija mía.

La niña (apenas había cumplido dieciocho años), que le tenía echados los brazos al cuello, se apartó temblando para mirar a su esposo de frente.

-¡Don Sancho! -exclamó (ella nunca había podido llamarle de otro modo)-; ¿qué dice vuesamerced? ¿Por qué habla de muerte? ¿Está acaso enfermo o un peligro le amenaza?

-No estoy enfermo... pero me amenaza un grandísimo peligro...

-¿Cuál?

-Se acercan los filibusteros a atacar esta plaza; el gobernador no ha querido darme los auxilios que necesito... Moriré, pues, bajo las ruinas de aquesta fortaleza que se me ha encomendado ...

-¿Y por qué no pedís auxilio a don Diego de los Ríos? ¿Por qué no le explicáis la necesidad de ello?

-Lo he hecho repetidas veces... y no he recibido ninguna contestación; me resignaré a morir; pero jamás, ¡lo juro por Dios Nuestro Señor!, rendiré la bandera española ante ninguna otra del mundo. 

-Aún es tiempo, -dijo Teresa con angustia-, permitidme ir yo misma a ver al gobernador...

-¿Tú? ¡jamás! No volveré a humillarme ni a pedirle nada...

-Señor, señor -gritaron algunas voces desde las murallas-, ¡se acerca un bajel enemigo con la bandera de Francia desplegada!

-Llegó la hora del peligro... Teresa, debes partir...

-¿Yo partir? ¡Nunca jamás! Compartiré con vos el peligro, y si es preciso morir, moriremos juntos.

-No, hija mía; tu presencia me quitaría el valor...

-Soy tu esposa -dijo la niña con dignidad, tuteando a su marido por primera vez en su vida.

-Mi esposa, sí; pero yo soy el castellano de la fortaleza, que ha jurado defenderla con la vida; tú nada has jurado: puedes vivir...

-¿Sin ti? ¡prefiero la muerte!...

-Quizá saldremos victoriosos; ¿por qué no? Vete, amada mía, que me quitas el ánimo...

-Si eres tan bueno, tan noble, tan grande, Sancho mío, que...

-No, no trates de adularme, -repuso él sonriendo con tristeza:-, y obedéceme...

-Ella insistía en quedarse, hasta que al fin la dijo su esposo con gravedad: -Yo mando en este castillo; no puedo tener bocas inútiles en él; Teresa, es preciso que te alejes... Te hago, sin embargo, una recomendación: si los enemigos penetran en la bahía, huye de aquí, hija mía; no aguardes al enemigo, que puede afrentarte... Vete a Villanueva entonces, que allí encontrarás a la familia Heras Pantoja, que es muy amiga nuestra, como tú sabes, y te amparará en memoria mía.

Con estas o semejantes palabras, don Sancho fue convenciendo a su afligida esposa de que debía partir, y llevándola casi en brazos hasta la playa, la sentó en el barco que había aprestado para ella, y recomendándola a las negras esclavas que la acompañaban, saltó a tierra nuevamente, mientras que los remeros se dirigían hacia la cercana costa de la isla de Barú, en donde, como hemos dicho, don Sancho Jimeno poseía su casa de campo.

III

La mar estaba algo agitada, y la brisa soplaba de tierra hacia afuera, como si el viento mismo fuese patriota y rechazase el ataque del enemigo. Como hemos visto antes, se había separado de la flotilla comandada por el barón de Pointis y por Ducassé, un navío de guerra de cincuenta cañones, el cual, con las velas desplegadas al viento y enarbolada la bandera francesa, se adelantaba con gracia y como un enorme cisne hacia Boca Chica, en tanto que los demás bajeles se detenían lejos de la costa. A poco arreció el viento, blanqueó el mar, levantáronse las olas y el buque tuvo que variar de rumbo y navegar con sesgado giro, subiendo y bajando sobre las líquidas colinas que trataban de impedirle el paso. Sin embargo, el bajel adelantaba, y los que lo contemplaban desde lo alto de las murallas del castillo de San Fernando, veían a cada momento con mayor claridad los colores de la bandera que batía el viento con ira, los soldados que guarnecían la cubierta con el arma al brazo, y pudieron contar las cincuenta bocas de cañón con que iba armado.

No obstante el viento contrario, ya empezaba a caer la tarde, cuando el bajel llegó a las inmediaciones de Boca Chica. Un tiro de cañón disparado de la fortaleza de San Fernando rozó las olas a un lado del buque enemigo, y otro, disparado un momento después, rompió un palo saliente a proa. El navío se alejó un poco, disparó tres cañonazos consecutivos, más como una señal que para hacer daño, y permaneció quieto en cuanto era posible, batido como estaba por la brisa. Otro cañonazo disparado de San Fernando le hizo ver que ya no podía hacerle daño; contestóle otro tiro, yendo a caer la bala sobre la arena de la playa, en donde quedó sepultada. Al mismo tiempo notóse que la flotilla que se veía en lontananza se dividía: una parte de los bajeles se dirigió hacia Boca Chica, y otros se movieron como para tomar la vía de la ciudad de Cartagena.

Poco a poco fue cayendo el día, y los últimos rayos del sol poniente iluminaron con ondas de fuego derretido las altas almenas del castillo de San Fernando, y dieron un color de sangre a la bandera española que tremolaba en su cumbre.

-Cuando amanezca el día, -pensó don Sancho Jimeno, bajando de su mirador, después de haber dado las últimas órdenes al artillero Francisco Vives-, cuando amanezca el día de mañana, estaremos sitiados enteramente por agua... Pediré por última vez auxilio al gobernador por la vía de tierra. Si no me manda gente, no sé qué pensaré de él, pues no puedo creer que un español sea traidor a su rey hasta ese punto.

IV

La noche había cerrado enteramente; la luna, muy nueva todavía, arrojó una amortiguada y melancólica luz sobre la mar, que aullaba con ronquísima voz entre las rocas de la ribera, sobre los dormidos arenales y los tembladores juncos; plateó levemente las copas de los manglares, se deslizó con suavidad por las orillas de los muros de las fortalezas, iluminó tenuemente la cúspide de las olas, y en seguida fue a morir hundiéndose en el horizonte. Dos sombras salieron de la fortaleza de San Femando y tomaron una vereda que serpenteaba, ya por la orilla del mar, ya entre las malezas del interior de la isla de Tierra Bomba, unas veces ocultándose entre dos colinas, otras deslizándose por entre los manglares de la ribera del mar. Aquellas dos sombras eran las de los mensajeros que enviaba por última vez el castellano de la fortaleza de San Fernando al gobernador de Cartagena, avisándole la situación crítica en que se hallaba.

Uno de los mensajeros era un negro esclavo que don Sancho había comprado hacía poco tiempo al capitán Francisco Santarem, militar llegado no hacía mucho tiempo a Cartagena, el cual se decía que se había criado en Francia entre la servidumbre de la reina María Teresa de Austria, y hablaba el francés al igual del castellano; el compañero del negro era un soldado de la guarnición, veterano de toda la confianza del castellano, el cual llevaba el mensaje escrito que enviaba éste a don Diego de los Ríos.

-Mi cabo, -dijo el negro al soldado en el momento en que se acercaban a la punta de Chumba, detrás de la cual iba la vereda que seguían-, si está cansado, puede su merced darme la partesana, que yo se la llevaré con gusto.

-Toma, hermano, -dijo el cabo-, que me pesa mucho esta noche el arma, más que otras veces. ¡Qué calor hace! ¡El viento, en lugar de refrescar, parece que viniera del infierno!

-Yo no siento calor, -dijo el africano recibiendo la partesana con un anhelo extraño, que. despertara sospechas en el cabo, si hubiese visto brillar un diabólico relámpago en los ojos del esclavo.

-¡Tú qué vas a sentir, si vosotros los negros nacisteis para aguantar soles y sufrir estos climas endemoniados, sin que os hagan mella!

El negro contestó con una carcajada; se detuvo enseguida, puso las manos en la boca y dio un grito particular.

-¿Qué significa eso? -preguntó el cabo-. ¿Por qué haces ese ruido extraño?

-¿Este ruido qué significa? pregunta vuesamerced. Ya lo sabrá dentro de un momento.

El cabo se detuvo.

-Dame mi arma, -dijo volviéndose hacia el lugar en que acababa de ver a su oscuro compañero, más oscuro que la noche misma; pero éste había desaparecido.

-¡Juan! -exclamó-; ¿dónde estás?

Nadie le contestó. En ese instante le llamó la atención, en medio del rumor del mar que se rompía en aquel punto con estrépito, un ruido como de voces humanas, y antes de darse cuenta de lo que le pasaba, se vio rodeado de una turba de hombres que se arrojaron sobre él, y sin darle tiempo de defenderse, encontróse atado de pies y manos. 

-¡Juan! -gritó-; ¡traidor!

-¡Silence! -le contestó en francés uno de los circunstantes, hundiéndole un puñal en el pecho hasta el mango. Sacóselo después, lo limpió tranquilamente en la ropa de la víctima, y se puso a vaciarle los bolsillos. Sacó la carta del gobernador y se alejó con sus compañeros.

Empezaba a clarear el día, cuando el negro Juan llegaba a Cartagena, se dirigía a la casa del gobernador, y allí anunciaba que iba con un recado del castellano de Boca Chica.

-Mi amo, el señor don Sancho Jimeno manda este papel, -dijo el negro con hipócrita humildad-, para que su señoría se imponga de lo que dice.

El gobernador lo abrió.

-Pero ésta no es letra de don Sancho, -dijo mirando al negro-, ni trae su sello.

-Mi amo se había lastimado una mano, -contestó éste sin turbarse-, y se lo escribió el artillero Francisco Vives.

El gobernador leyó lo siguiente, no sin asombro: 

"Excelentísimo señor:

Ha resultado falsa la alarma que hemos tenido con respecto a la escuadra francesa; yo sé de una manera evidente que no tratará de entrar en Cartagena, sino que continuará con dirección a Portobelo. No debe su señoría mandarme, pues, auxilio ninguno.

De su excelencia su más rendido servidor,

El castellano de San Fernando".

Largo rato estuvo el gobernador mirando el papel que tenía en la mano.

-¡Cosa bien rara! -dijo-; esta letra me es familiar, aunque no conozco la de Francisco Vives, ni creía que ese hombre escribiese tan bien; pero ésta se parece mucho a otra que he visto últimamente... Dime, -repuso, dirigiéndose al negro-: ¿cómo ha sabido tu amo las intenciones de la escuadra enemiga?

-No sé, señor.

-¿No está desde ayer tarde una fragata bloqueando la entrada al puerto?

-Sí, señor; pero cuando le dispararon algunos cañonazos de la fortaleza, se retiró más lejos... Oí decir a mi amo que el enemigo lo que pretendía hacer con eso era impedir que de Cartagena mandasen aviso a la escuadra del conde de Saucedillo...

-¿Qué he dicho yo desde el principio? -exclamó el candido gobernador-. Los filibusteros, ya lo veis, no han pensado en atacarnos...

-Mi amo, -dijo el negro-, despácheme vuesamerced, que quiero estar temprano en Boca Chica con la contestación... Mi amo me dijo que bastaría que su excelencia pusiese su firma en el mismo papel que traje, lo cual le probaría que el señor gobernador lo había recibido.

Alegróse el perezoso don Diego de los Ríos de no tener que escribir carta, y tomando una pluma firmó el papel que había llevado el negro, se lo devolvió a éste, y pidió su desayuno, mientras que el esclavo regresaba a toda prisa a buscar la barca que le había llevado de Tierra Bomba; embarcóse en ella y puso manos a los remos. Nadie notó desde la playa que, yendo ya cerca del otro lado de la bahía, se detuvo para volver menudos pedazos la carta de don Sancho Jimeno, junto con la firma del gobernador, cosa que, si la viera éste, le habría sorprendido mucho.

Iba aún el negro por mitad del camino, cuando empezáronse a oír cañonazos, uno tras otro; unos del fuerte de San Fernando, contra más de doce bajeles enemigos que se habían acercado a Boca Chica; otros, de estos navíos que atacaban con brío la fortaleza. Momentos después arrimábanse (sin preocuparse del fuego que les hacían de los muros y almenas del castillo, con lo cual mataban a los que sacaban el cuerpo fuera de la cubierta) tres pontones llenos de filibusteros armados con bombas y morteros para dispararlas. Los piratas se arrojaban a las playas con grandísimo riesgo, muriendo unos en la empresa; pero la mayor parte llegaron hasta un punto en que las murallas mismas de la fortaleza les servían de parapeto. 

La situación de don Sancho Jimeno era angustiosísima. ¿Cómo defenderse de aquel ejército de hombres que no temían a Dios ni al diablo, a quienes poco importaba morir, ni que murieran los demás, con sesenta negros bozales y treinta y cuatro soldados veteranos por junto, pues el que había enviado a Cartagena no regresaba? Pero el peligro en que se hallaba enardeció el valor sereno de aquel hombre, que recorría, sin perder su calma, las murallas, animando con su presencia a los artilleros y hasta chanceándose con los que notaba asustados. 

Tres horas después de medio día, ya todos los veintidós bajeles del enemigo (contándose entre éstos diez navíos de guerra de ochenta y noventa cañones) estaban frente a Boca Chica, los cuales se desplegaron en semicírculo para atacar la fortaleza. 

Una hora antes de oscurecer, los sitiados vieron que de algunos de los buques arrojaban botes con gente que debería desembarcar en la punta llamada de El Horno, la cual, resguardada por la formación del terreno, no podía ser defendida por el castillo. Sancho Jimeno, despreciando el peligro, y a riesgo de ser despedazado por las balas enemigas, subió al sitio más alto de la fortaleza, con el objeto de mirar hacia Cartagena, por ver si le enviaban los socorros que había pedido. 

-¿No veis venir nada? -preguntó el artillero Francisco Vives que le acompañaba. 

-Nada, señor. 

-¡Maldito gobernador! -exclamó el castellano, perdiendo por primera vez la paciencia-. Nos sacrificará indudablemente a su desidia y su flema! ¡Mañana amaneceremos cercados por mar y tierra! 

Las balas disparadas por los franceses arrancaban entre tanto trozos de muralla, y al estruendo de los cañonazos se unía el estridente fragor de la fusilería. 

-¡Señor castellano! -gritó Vives agachando la cabeza al sentir venir una bala, la cual, pasando por lo alto, fue a hundirse dentro del pavimento, a dos pasos de distancia de don Sancho, que ni se movió ni pestañeó siquiera-. Señor mío, -añadió-, vámonos de aquí, que nada ganará el rey con nuestra muerte, y sí perderá si os mata el enemigo. 

-Efectivamente, -contestó don Sancho, dando la última mirada al camino por donde esperaba la llegada de la tropa pedida-; es preciso que nos resignemos a defendernos con la poca gente que tenemos: esta noche el enemigo se hará dueño de Tierra Bomba, y mañana será inútil aguardar auxilio. Bajemos... 

La agitación del mar del día anterior se había cambiado en una calma completa; ni una hoja se movía en los árboles, y el rumor de las olas era un suave susurro al tocar las playas; la luna, que lucía apenas un medio disco de plata sobre un cielo azul pálido, se confundía con el brillo intenso de los luceros que se miraban en las aguas mansas del océano, semejante a un inmenso lago. Los fuegos habían cesado con la noche; pero los buques enemigos, semiocultos en las sombras, estaban llenos de luces, y se notaba en ellos gran movimiento, como también el ruido que se oía por el lado de tierra probaba que hacían preparativos para el sitio de la fortaleza por aquella parte. 

Sancho Jimeno, después de haber pasado la noche en vela, preparándose para el formidable ataque que aguardaba al día siguiente, se había quedado dormido hacía apenas una hora, cuando lo despertaron para avisarle que acababa de llegar el negro despachado la noche antes a Cartagena. 

Este se acercó, con los ojos bajos, al sitio en que estaba el castellano. 

-¿Por qué has tardado tanto? -exclamó don Sancho al verle. 

-El señor gobernador no me quiso despachar hasta esta noche, -contestó el esclavo embustero. 

-¿Me mandó ya los auxilios? 

-Cuando amanezca estarán aquí. 

-¡Cuando amanezca no podrán pasar! ¿Cuánta gente mandaba? -añadió. 

-No me dijo... -¿No me escribió?... 

-Dijo que no tenía tiempo... 

-¿Y qué más?... 

-Lo que dije: que al aclarar el día despacharía lo que deseaba el señor castellano. 

-¿Y dónde está el cabo que se fue contigo? A él comisioné para que trajera la carta, y no a ti. 

-El cabo se quedó en el camino... de aquí para allá.

-¿En el camino de aquí para allá?... 

-Quiero decir, de allá para acá... 

Don Sancho Jimeno fijó los ojos en el negro, y éste se puso a temblar, sin poderse contener. 

-Contesta, -le dijo el castellano-: ¿Dónde quedó el cabo? 

-Se me perdió en la oscuridad de la noche... 

-¿No se te había encomendado que le señalases el camino? 

-Sí, mi amo, pero... no supe qué se hizo. En aquel momento se oyó el estruendo más espantoso: parecía que el mundo se venía abajo; la fortaleza cimbraba, atacada por todos cuatro costados por la artillería enemiga. 

Don Sancho tomó su espada y se arrojó fuera del aposento, pero no antes de haber dicho: 

-Este negro es sospechoso... Que le suman en las bóvedas con un par de grillos; ahora no hay tiempo para más... ¡Es preciso que todo hombre tome las armas, sin excepción ninguna! 

Al salir fuera del aposento, el castellano notó que el mar se iluminaba tenuemente con los primeros albores de la mañana, y que un vientecillo fresco se había levantado del lado de tierra. 

V 

Hacía diez horas que los franceses y filibusteros bombardeaban la fortaleza de San Fernando, y cañoneábanla con más de mil cañones que llevaban los navíos de guerra, y además bajeles preparados para el caso. Habían desmontado ya quince de los cañones que coronaban las baterías, matado diez de los treinta y cuatro soldados veteranos que encerraba el castillo, y los demás estaban casi todos heridos y fuera de combate. 

Poco después de medio día, los filibusteros que habían entrado en la bahía, entre Tierra Bomba, Barú y la isla de Las Brujas, apresaron dos embarcaciones que el gobernador (que comprendía al fin toda la gravedad de la situación y sospechaba que la supuesta carta de don Sancho Jimeno debía de haber sido el fruto de alguna traición) enviaba al sitiado castellano de Boca Chica. 

La ciudad de Cartagena era presa de la mayor alarma, y todos se preparaban para defenderse lo mejor posible; pero la situación angustiosa de don Sancho había despertado la simpatía en los moradores de la ciudad, los cuales pidieron con el mayor empeño que se enviase algún socorro a aquel valiente. Al fin don Diego había accedido mandando a un religioso de San Juan de Dios, que era además cirujano; a un tambor que debía hacer gran falta a don Sancho, que carecía de todo, y veinte hombres veteranos. Estos salieron muy temprano de la plaza, pasaron la bahía entre claro y oscuro, y se fueron deslizando por la orilla de las playas de Tierra Bomba, aunque el estruendo medroso del cañoneo les había tenido muy alarmados durante todas aquellas horas. Como hubiesen notado que un pequeño barco de los filibusteros se hallaba en la mitad de la bahía, como en acecho, el religioso saltó a tierra con sus compañeros en la punta de Periquito, pensando que le sería fácil continuar por tierra hasta la fortaleza. Pero se había equivocado el bueno de fray Alonso de Villarreal: los filibusteros le vieron, y en el acto echaron dos botes al agua, los cuales arrojaron cincuenta hombres a tierra, y en breve rodearon y cogieron desprevenidos a los cartageneros, que en vano procuraban ocultarse entre los manglares. 

Media hora después el religioso compareció delante de Ducassé; pero como el primero no supiese hablar francés, ni el segundo castellano, tuvieron que entenderse en latín, lengua que el gobernador de Petit-Goave había aprendido en su juventud. Este, con mal coordinadas frases, le pidió al religioso que fuese a la fortaleza, hablase con el castellano y le preguntase, de parte de los jefes de la escuadra, si estaba dispuesto a entrar en negociaciones para el rendimiento del castillo. 

Suspendieron sus fuegos los enemigos, y respiraron los mal traídos sitiados cuando vieron acercarse un oficial francés y un fraile de San Juan de Dios con bandera blanca. Con trémula voz el religioso pidió que le llamasen al castellano, porque tenía que hablarle de parte de los sitiadores. 

Presentóse sobre uno de los parapetos exteriores don Sancho Jimeno. 

-¿Qué deseáis, padre? -preguntó; y, reconociéndole, añadió manifestando sorpresa-: ¿su paternidad viene como parlamentario del enemigo? 

-Me acaban de tomar preso... Venía con un piquete de soldados a traeros socorro... 

-¡A buen tiempo!... 

-Uno de los jefes enemigos me mandó aquí para que os notificase que si rendíais las armas y entregabais el castillo inmediatamente, os daría cuantas garantías pidierais para vos y para la guarnición; y me dijo que tenía noticias seguras de que la guarnición de la fortaleza era poquísima, y no podría sostenerse una hora más. 

-Dígale su paternidad al señor general de la escuadra, -contestó Jimeno-, que no puedo entregar la fortaleza, porque no es mía; el rey me la ha dado a guardar, y sólo con una orden de su majestad (y se descubrió al decir estas palabras) la podría rendir. 

-Pero, señor don Sancho... 

-Añada vuestra paternidad, -repuso-, que tengo la gente y las municiones suficientes para defender el castillo durante todo el tiempo que sea necesario. 

Y al decir esto bajó del parapeto, y el Capacho regresó a dar cuenta de su comisión al general enemigo. 

Cuando el barón de Pointis supo el resultado de la conferencia con Sancho Jimeno, se enfureció sobremanera. 

-¡Insolente español! -exclamó-. ¡Ha de pagar caro su presunción! Que no se le tenga ya ninguna consideración, -añadió-; yo le enseñaré a respetar el pabellón francés. 

Mandó entonces que desembarcasen todas sus tropas y ocho cañones de a cuarenta libras, que no había querido emplear hasta entonces, por parecerle inútil tanta fuerza. Aquella tarde empezó el ataque contra la fortaleza con tal vigor, que antes de oscurecer ya habían deshecho los parapetos exteriores que daban a la playa. Continuó el cañoneo durante gran parte de la noche, y al amanecer el día diez y seis de abril, aparecieron en completa ruina los terraplenes y baluartes cercanos al mar; pero don Sancho Jimeno continuaba defendiéndose con brío, sin descansar un momento, y apuntando con tanta certeza, que había inutilizado varios buques, y dos bajeles menores de los filibusteros se habían hundido, llevándose al fondo a muchos enemigos con armas y pertrechos. 

Este incidente enfureció a tal punto al barón y a Ducassé, que mandaron que se arrojasen sobre el desgraciado castillo cuantas granadas y bombas se pudiese. Los sitiados empezaron entonces a respingar y a gruñir, aunque el castellano procuraba alentarles con la voz y con el ejemplo, asegurándoles que pronto les llegarían auxilios, si acaso no se cansaba al fin el enemigo al verles tan valerosos; pero los negros, particularmente, iban perdiendo el ánimo, y cada vez que una granada despedazaba un trozo del techo y hería a alguno, los gruñidos aumentaban, la disciplina se alteraba, y don Sancho no podía menos que comprender que no sería posible continuar la lucha por muchas horas más. 

El artillero Francisco Vives era casi el único que acompañaba en su empeño al denodado castellano; sin embargo, comprendía aun más que don Sancho que la guarnición no sufriría por más tiempo semejante situación. 

Don Sancho se hallaba descansando algunos momentos de sus fatigas, mientras el artillero trataba de reparar algunos de los daños hechos por las granadas, cuando una gran vocería le hizo volver a acercarse a las murallas. 

-¿Qué sucede? -preguntó. 

-Que acaba de perder la cabeza el sargento Nuño, que se dejó ver un momento por encima de la muralla; y que nosotros, -añadió el que hablaba, que era un mulato fornido-, no resistimos ya más... 

-¡Qué vergüenza! -exclamó el castellano-. ¿Queréis inclinar nuestro pabellón, el de la gloriosa España, ante el francés?... No es posible semejante ignominia... Aguardemos a mañana; entre tanto, recibiremos auxilios de Cartagena... 

-¡Auxilios! -repuso con insolencia el mulato-: no puede acercarse nadie por mar ni por tierra. Hace una hora que dos piraguas que venían de Cartagena con tropas tuvieron que devolverse, perseguidas por uno de los buques pequeños de los filibusteros. 

-Pero el conde de Saucedillo, que está en Portobelo con los galeones reales, puede llegar de un momento a otro... Aguardemos, hermano. 

En aquel momento se oyó de nuevo gran ruido de voces, y otro mulato se acercó mustio y temblando: 

-Están echando escalas, señor, -exclamó-. ¡Estamos perdidos, pues los enemigos han jurado no dejar uno de nosotros con vida! 

No habían transcurrido cinco minutos, cuando el enemigo suspendía sus fuegos en todas partes. Una bandera blanca tremolaba sobre la cumbre de la desmantelada fortaleza. 

-El general francés, -dijo un negro dirigiéndose a don Sancho-, pide que el castellano de la fortaleza se presente para hablar con él. 

Pálido de rabia y de indignación, el castellano de Boca Chica se lanzó sobre el parapeto más cercano al campamento enemigo, y exclamó: 

-¡Aquí estoy! ¿Qué se ofrece? 

-Manda el barón de Pointis, general de las escuadras de su majestad el rey de Francia, que le abráis la puerta de la fortaleza, -contestó el intérprete del jefe supremo de la expedición. 

-¿Y con qué derecho pedís eso? -repuso don Sancho. 

-La guarnición de la fortaleza ha pedido buen cuartel, -contestáronle-; ved la bandera blanca sobre vuestra cabeza. 

-Si la cobarde guarnición lo ha hecho así, -dijo el español con soberbia-, yo, que soy el castellano de esta fortaleza, juro que no me rendiré jamás; arrojaré fuera a los miserables que se han humillado, pues todavía quedan a mi lado muchos valientes con honor. 

Al decir esto subió al puesto en que se hallaba la bandera, la arrancó, volvióla pedazos y arrojó éstos al viento. 

Los franceses habían estado mirando las acciones de don Sancho Jimeno, sorprendidos y atónitos de tanta altivez. 

-¡Las escalas! ¡Las escalas! -gritaron todos llenos de ira-. ¡No habrá cuartel! ¡Muera el insolente español! 

-¡Misericordia! ¡Misericordia! ¡Nos rendimos todos! -exclamó la espantada guarnición. 

-Si así lo queréis, -dijo el general francés, deteniendo la furia de los suyos-, arrojad las armas por encima de las murallas. 

Los de adentro obedecieron. 

Mientras tanto don Sancho se hallaba delante del puente levadizo con la espada desenvainada.  

-¡Nadie sale a deshonrar la causa del rey de España! -gritó con estentórea voz. 

El francés aguardó algunos momentos, y al cabo de ellos mandó a un emisario a pedir que se abriese la puerta; y como no obtuviese contestación, hizo que se gritase por medio de una bocina, que si le obligaban a entrar por encima de las murallas, pasaría a cuchillo hasta el último ser viviente que encontrase dentro de la fortaleza. 

Arrojóse Francisco Vives de rodillas delante del castellano: 

-Señor, -le dijo-, no hay remedio; es preciso entregarnos; no queda en pie un solo soldado de honor; estamos en manos de los negros. ¡Permitid que abran la puerta; os lo suplico por Dios! 

El castellano, sin contestar una palabra, rompió su espada, arrojó los pedazos, y haciéndose a un lado, cruzó los brazos y dejó que abriesen la puerta y bajasen el puente levadizo. 

Los franceses quisieron entrar inmediatamente, pero Pointis les detuvo. 

-Deseo ver al castellano de la fortaleza, -dijo hablando en francés.

Don Sancho atravesó el puente lenta y majestuosamente, fijando sus altivas miradas sobre los enemigos; al llegar a la otra extremidad abrió los brazos y dijo pausadamente: 

-Ved aquí al castellano de la fortaleza de San Fernando... Ni me rindo ni pido cuartel; yo no entrego el castillo, sino aquestos cobardes, que no han tenido ánimo para rendir la vida en su defensa. Estoy desarmado: podéis hacer de mí lo que a bien tengáis. 

El general enemigo se volvió a sus oficiales y les dijo: 

-Este es el hombre más heroico que he visto en mi vida. Aunque él no lo quiera, hemos de salvarle. 

-Señor castellano, -dijo el francés saludándole cortésmente ¿dónde está vuestra espada?... 

-Le he roto... Un vencido no ha menester armas. El barón se desabrochó la suya, y presentándosela le dijo: 

-Aceptad la mía, caballero, que un hombre como vos no puede dejar de tenerla. 

Don Sancho hizo un ademán como para rechazarla. 

-¿La rehusáis, caballero? Este es un obsequio, no del vencedor al vencido, pues vuesamerced no se ha rendido, sino de un admirador vuestro. 

Saludó Jimeno al barón, y recibiendo la espada se la ciñó: 

-Me honráis demasiado... -dijo; pero no pudo añadir otra cosa, pues la ira le hacía callar. Sin embargo hizo un esfuerzo supremo: 

-Permitid, -añadió volviéndose al francés-, que os haga los honores del castillo. Y al decir esto entró adelante con el sombrero en la mano. 

VI

La triste y humillada guarnición se hallaba reunida a la entrada de la fortaleza. 

-Bien, -dijo el general arrojando una mirada sobre unos treinta negros y mulatos y algunos veteranos heridos que allí aparecían-; llamad, señor, al resto de vuestra tropa. 

-Esto que veis, general, es todo lo que hay; los demás, que no eran muchos, han muerto... 

-¿Y con estos pocos hombres, señor castellano, habéis resistido tres días con sus noches a un ejército de diez mil hombres con gruesa artillería y armados lo mejor que se ha visto?... ¡En verdad, -añadió, dando una patada en el suelo-, que este atrevimiento es inaudito! 

-No lo considero atrevimiento, barón, -repuso don Sancho con sosiego-; ni creo que era faltar a mi deber como caballero, tratar de defender con un puñado de hombres el castillo que se me había encomendado. ¡Oh, -añadió-, si éstos no fueran tan cobardes, primero hubiéramos visto volverse polvo estos muros que entregamos!... Sin embargo, si consideráis que mi conducta no ha sido como debería ser, aquí estoy en vuestras manos; podéis hacer de mí lo que os plazca. 

No respondió cosa alguna el francés, sino que se apartó con su estado mayor a un salón interior, en donde pasó largo rato conferenciando a solas con sus oficiales. 

Entre tanto don Sancho se había sentado sobre un cañón en lo alto de un muro, de donde contemplaba con honda pena los preparativos que hacía el enemigo para emprender marcha hacia Cartagena. Una voz desconocida para él le arrancó de su triste meditación. 

-Señor Jimeno, -decía en malísimo castellano un coronel francés que acababa de ser nombrado por su jefe comandante del castillo-: vengo a pediros que me entreguéis por inventario los víveres y municiones que debéis de conservar en los almacenes de la fortaleza. 

-Yo no tengo nada que entregaros, -repuso el español arrugando el entrecejo. 

-¡Cómo! 

-Buscad al artillero Francisco Vives, -repuso Jimeno-: él os dará cuenta de todo eso; él tenía las llaves de los almacenes y no yo... 

Y diciendo esto volvió la espalda al coronel, y siguió contemplando los movimientos de la escuadra enemiga. 

Fuese muy quejoso el coronel a dar cuenta a sus jefes de la manera como le había recibido el español. 

-¡La firmeza de carácter de este hombre es asombrosa! -exclamó el barón-; y si así fueran todos los cartageneros, gastaríamos un siglo en rendir la plaza. 

-¿Qué pensáis hacer con él? -preguntó el antiguo negrero Ducassé-. Anda solo por la fortaleza y si no fuera porque yo le he puesto centinelas de vista... 

-¡Le insultáis con eso! -exclamó el general-. Ese hombre es un héroe, y exijo que le dejéis en libertad. 

-¡En libertad!... Si Jimeno pasa a la ciudad de Cartagena, nos puede hacer muchísimo daño. ¿No sería mejor dejarle en esta fortaleza prisionero? 

-Hacedme el favor de suplicarle que pase a hablar conmigo. 

Momentos después el castellano de Boca Chica entraba con sombrero en mano en el salón en que le aguardaba el francés. Este, al verle, se descubrió: 

-Os escucho. 

-¿Deseáis vuestra libertad? 

-Soy vuestro prisionero; ya no puedo tener opinión acerca de mí mismo; pero es muy natural desear la libertad. 

-Podéis hacer uso de ella... 

-Sois generoso... 

-Con una condición, empero... 

-¿Cuál? 

-Que no iréis a la ciudad de Cartagena. Esta fortaleza, que era el puesto que se os había señalado, ha sucumbido; no tenéis obligación de ir a defender otra. 

-Es verdad... pero un súbdito debe morir defendiendo la propiedad de su rey... 

-Entonces ¿rehusáis vuestra libertad? 

-¿Para qué engañaros?... No puedo hacer uso de ella sino para combatir de nuevo hasta rendir el alma, si es preciso, en la lid.

-¿No tenéis familia? 

-Sí; una esposa idolatrada... 

-¿Está acaso en Cartagena? 

-No; debe hallarse en una estancia que tengo no lejos de aquí. 

-Comprendéis, señor don Sancho Jimeno, -dijo el francés-, que yo sería un imbécil si os permitiera salir de aquí para ir a animar a los que quiero combatir... 

-Yo tampoco, -dijo el otro gravemente-, obraría de ese modo si estuviese en vuestro lugar. 

-Sin embargo... yo no quiero dejaros preso aquí... Me he enamorado de vuestro denuedo y noble ánimo; me interesáis muchísimo y deseo vuestro bien; pero ¿qué hacer en este caso? Ayudadme a favoreceros. 

-Os lo agradezco en el alma, barón, pero... 

-¡Vamos! Ablandaos un poco; transijamos la dificultad: en lugar de dejaros encerrado en estos calabozos os mando preso cerca de vuestra esposa... 

-¡Yo no puedo llevar soldados a mi casa! 

-No enviaré sino un centinela, que no os desagradará. 

-¿Cuál? 

-Vuestro honor. Me bastará vuestra palabra de permanecer preso cerca de vuestra esposa durante mi permanencia en estas costas, y al momento mismo os enviaré allá, y estaré más tranquilo que si os tuviera encerrado en una jaula de hierro. 

El español se puso a pasear en silencio de una punta a otra del aposento. 

-Acepto, -dijo al fin-, con una condición. 

-Veamos cuál es. 

-Que escribiréis las bases de nuestro tratado en un papel que firmaremos ambos; no quiero que se sospeche jamás que he obrado con poca lealtad. 

..........................................................................................

Una hora después el castellano de Boca Chica saltaba en un bote, y acompañado por un oficial francés, que llevaba un salvoconducto, y por el religioso de San Juan de Dios, que había suplicado al barón de Pointis que le permitiese seguir al lado de Jimeno, dirigió él mismo la embarcación hacia las vecinas playas de Barú. Cuando de lejos descubrieron la casa de la propiedad de don Sancho, el oficial dijo: 

-Mi comisión ha concluido, caballero: el general me encargó que os dejase antes de entrar en vuestra casa. 

Saludó cortésmente don Sancho Jimeno, y mientras que el francés volvía a buscar su embarcación, él se dirigía a su casa. 

Todo estaba solitario; no se veía un esclavo en las plantaciones de caña; la casa de habitación estaba cerrada, y no había animal doméstico en ninguna parte. 

-Sin duda Teresa se ha marchado a Villanueva, como yo le mandé, -dijo don Sancho. 

-¿Qué haremos ahora? -preguntó el desconsolado padre, el cual, después de haber pasado tantos sustos, ansiaba llegar a un lugar seguro en donde poder descansar. 

En aquel momento se presentó el mayordomo de la hacienda; confirmó lo que había pensado el español, y les ofreció su casa, que estaba a alguna distancia. 

-Yo no puedo quedarme aquí -contestó el castellano de San Fernando-: he sido enviado por el general enemigo, bajo mi palabra, al lugar en que se halle mi mujer; allí debo permanecer hasta que nos veamos libres de los franceses. 

-Descansad vuesamerced en mi casa hasta mañana, -dijo el mayordomo. 

-No; no puedo hacerlo hasta no llegar a mi destino; dadme un guía, -añadió-, y un caballo ensillado, y ahora mismo seguiré camino. Su paternidad, -añadió dirigiéndose al religioso-, puede quedarse aquí en paz, y así dirá al barón, si me manda llamar, adonde he tenido que irme; pues yo me considero preso aún, aunque no rendido...

-Pero ya llega la noche... 

-Por lo mismo, debo emprender viaje inmediatamente, pues no he de descansar hasta llegar a Villanueva. 

El religioso le tomó la mano. 

-¡Jesús, María! -exclamó-, estáis ardiendo de calentura. 

-Hace seis noches que no duermo y otros tantos días que no he podido pasar casi ningún alimento... De ahí proviene la calentura. 

-No llegaréis, señor, por caminos extraviados, como vuesamerced ha de llevar, sino hasta mañana; mejor será que descanséis aquí hasta mejoraros. 

-Repito que si no me dan lo que pido inmediatamente, me iré a pie y solo... 

Hubieron de darle gusto. El mayordomo mismo lo fue a acompañar, y fue bien pensado, porque algunas horas antes de llegar a Villanueva, a pesar de su grande ánimo, las fuerzas desampararon por completo al castellano; perdió el movimiento y la voz, y no llegó al lado de su esposa sino en un estado tal de postración, que por muchos días estuvo entre la vida y la muerte. 

VII 

El gobernador don Diego de los Ríos, después de la caída de la fortaleza de Boca Chica, creyó conveniente abandonar todas las fortalezas y castillos de la bahía y el de San Felipe y la Popa, lugares que el enemigo fue tomando uno a uno y estableciéndose en ellos, con el objeto de prepararse a un ataque serio dirigido a la ciudad. La heroica defensa del castillo de San Fernando había hecho comprender a los franceses que, no obstante su enorme artillería y el gran número de tropas que llevaban, no era tan fácil, como habían pensado, la rendición de aquella plaza fuerte. 

Al fin quedó todo preparado para el ataque definitivo, siendo el día y la hora un secreto hasta para los oficiales de las tropas francesas y los jefes mismos de los filibusteros, de quienes el barón desconfiaba siempre, por su falta de disciplina y espíritu revoltoso. 

Don Diego de los Ríos había concentrado sus fuerzas en los lugares más peligrosos, y encargado su custodia a los oficiales de su mayor confianza. Uno de éstos era el capitán don Francisco Santarem -el amo de aquel negro infiel de quien hemos hablado en otro capítulo. Habíasele encomendado el baluarte llamado de la Media Luna, el cual tenía una brecha por donde debía defenderse contra la tropa que llegara por la vía de tierra. La brecha encomendada a dicho capitán no medía más de tres varas, en donde le habían dado orden de situar dos cañones. Varias veces el gobernador había preguntado a Santarem si ya tenía arreglado el parapeto, a lo cual éste contestaba que inmediatamente se pondría a la obra; pero con varios pretextos se descuidaba, pasaban los días así y él nada hacía. 

La noche del 1° de mayo cerró lluviosa y oscurísima; ni una estrella brillaba en el cielo, negro como un manto de terciopelo; recias ráfagas de viento sacudían las banderas y rugían entre los mástiles de los navíos enemigos anclados en la bahía. Los centinelas sobre las murallas no alcanzaban a distinguirse a dos varas de distancia, y el ¡quién vive! era continuo en contorno de la ciudad, enteramente sitiada por los franceses. 

Serían las doce de la noche cuando un bote fue arrojado al agua por el lado de Tierra Firme, frente al baluarte de la Media Luna, y con los remos envueltos en lienzos para que no hiciesen ruido; los cuatro hombres que iban en el bote remaron activamente con dirección al barrio de Getsemaní. 

Los centinelas que se hallaban en la puerta del puente dieron un estentóreo ¡quién vive! y llamaron al cabo de guardia. En el mismo momento la tenue lluvia que había caído hasta entonces se convirtió en un recio aguacero, y los soldados que se vieron cegados por la lluvia y por el viento, volvieron instintivamente la espalda al temporal. 

Cuando pasó la ráfaga y dirigieron las miradas hacia el punto en que habían visto una sombra deslizarse sobre el agua, nada vieron ya... Una pequeñísima luz, como la de un cigarro encendido que fue arrojado al agua, sirvió de guía y señal a los del bote, y éstos, en breves momentos arrimaron al pie del baluarte de la Media Luna; arrojáronles de arriba una escala de cuerdas, de la cual uno de los embarcados se asió y subió ligeramente a lo alto de la brecha, mientras que los otros ataron el bote, y todo volvió a quedar en silencio, salvo el caer de la lluvia, que se deslizaba por encima de las murallas y goteaba dentro de la arrimada embarcación. 

No había sobre aquel baluarte sino un solo hombre, envuelto en una capa, y un negro agazapado, que era el que había arrojado las cuerdas. 

-¿Quién va? -exclamó el de la capa, en voz baja, bien que el ruido causado por la lluvia impedía que se oyese ningún otro a corta distancia. 

-Yo... ¡Ducassé!... ¿Hablo con el capitán Santarem? -contestó en francés y muy paso el recién llegado. 

-No os equivocáis. ¡ Qué noche tan propicia para nuestro objeto! ¿No es así? -repuso el de la capa en el mismo idioma, y también a media voz. 

-¿Nadie nos oye? 

-Nadie absolutamente... Yo ofrecí a mis compañeros de guarnición velar aquí con Juan, mientras que ellos aprontaban los cañones para traerlos cuando escampe la lluvia. 

-¿Y los haréis traer? 

-Según lo que dispongáis... Ya sabéis cuáles son mis condiciones. 

-¡Pedís demasiado! 

-¡Demasiado, cuando os entrego la llave de la ciudad! 

-¡De todos modos hemos de entrar en ella! 

-Acordaos de Boca Chica: aquí todos son por el estilo de Sancho Jimeno, y con gusto rendirán la vida por su rey... 

-También hay otros como vos: don José Márquez, don Pedro Cañarete y don Juan de Berrío... los cuales son accesibles a rendirse por interés. 

Santarem dio un paso atrás y se mordió el labio. 

-Transijamos, -repuso el jefe de los filibusteros-: el tiempo urge y tengo que volverme al campamento... La lluvia empieza a ceder, y si aclara nos pueden ver desde los baluartes inmediatos. 

-¿Qué me ofrecéis en resumidas cuentas? 

-Dinero no... 

-¿Dinero no? 

-Mercancías. 

-¡Bien! Las que yo escoja... 

-No tanto así... Pero unos cuatrocientos mil pesos en ropas, cuyo precio fijarán peritos escogidos por mí... 

-Y por mí también... y una balandra en que llevarlas fuera de aquí; pues yo tendré que dejar la plaza con vosotros, repuso Santarem.

-Convenido... 

-¿Tengo vuestra palabra? 

-La tenéis... Os juro por mi honor que si cuando ataquemos la ciudad, este puesto se halla desamparado, tendréis lo que habéis pedido. 

-¿Y cómo sabré la hora del ataque? 

-Oiréis un tiro primero, y dos más, uno tras otro, en seguida, aquí enfrente, al pie del castillo de San Felipe... Aguardad la señal quizás antes del día de mañana. 

Al decir esto, y sin despedirse, se acercó al baluarte, se deslizó por la escala de cuerdas que había quedado pendiente, bajó al bote, y los que lo tripulaban remaron aceleradamente hacia la opuesta orilla, mientras que el negro quitaba las cuerdas y las ocultaba en un hoyo que cubrió con una piedra. 

La lluvia había cesado enteramente, cuando la luna asomó sobre el horizonte plateando torres, campanarios y murallas, y haciendo brillar las armas de los centinelas que se paseaban sobre los baluartes. Hacía rato que los soldados que estaban a órdenes de Santarem habían regresado a la muralla, y avisado a éste que todo estaba listo para transportar los cañones a la Media Luna. 

-Aguardemos el día, -dijo él. 

A pesar de las precauciones que tomaban los franceses para no ser oídos, sentíase por todas partes cierto rumor extraño, que probaba que algo inusitado ocurría en el campamento enemigo. 

Santarem se sentó sobre un parapeto y empezó a quejarse, diciendo que estaba muy enfermo, y que si continuaba así tendría que retirarse de las murallas. 

De repente se oyó al pie del castillo de San Felipe un tiro seguido de otros dos, y reinó después el silencio. 

Inmediatamente arrecióle el mal al capitán don Francisco Santarem; pidió que le llevasen una silla para que le transportasen a su casa, que estaba al otro lado de la ciudad, y sin dar órdenes ningunas con respecto a la defensa del baluarte, se hizo llevar en la silla, fingiéndose muy enfermo. Sus soldados, que eran los peores de la plaza (escogidos así ex-profeso por el traidor capitán), al verse sin jefe se desbandaron en silencio y esa parte de la muralla quedó abandonada. 

VIII 

Empezaba apenas a clarear el día 2 de mayo de 1697, cuando todos los ejércitos franceses atacaron la ciudad por tierra y por mar. 

Viendo que el baluarte de la Media Luna había sido desamparado por su capitán y abandonado por los que le acompañaban, el jefe de la plaza ordenó a un don Pedro Cañarete que corriese a ocupar ese baluarte con los ochenta hombres que tenía a sus órdenes; pero éste, en lugar de obedecer, se fue a ocultar al otro lado de la ciudad. Un don Juan de Berrío dejó solo el baluarte de San Lázaro, cuya defensa le habían encomendado, y aunque otros cartageneros hicieron resistencia, los franceses se apoderaron antes de anochecer de todo el barrio de Getsemaní, y empezaron a arrojar bombas sobre la parte de la ciudad de Cartagena que se sostenía, y en donde se hallaban las casas más ricas e importantes de ella. 

La población entera se hallaba sumida en la mayor consternación el día 3 de mayo. Las bombas habían arruinado muchas casas, entrádose hasta el interior de las iglesias y causado graves daños, y al mismo tiempo no faltó quien difundiese por la ciudad la especie de que si no se rendía la plaza, los filibusteros asesinarían a cuantos hallasen vivos en la población, y que no dejarían piedra sobre piedra. A esto se añadía que nadie tenía confianza en la pericia y el valor del gobernador, y todos abrigaban el temor de que muchos oficiales de la guarnición estuviesen vendidos a los enemigos, y aun se susurraban sospechas contra don Diego de los Ríos mismo. 

A medio día el gobernador vio asediada su casa por una turba de revoltosos, que pedían a gritos que procediese a capitular. Que no había esperanza ni posibilidad de sostenerse aún, era la convicción de todos. Cartagena era entonces un emporio de riqueza, la riqueza lleva consigo la molicie y el temor de perder la vida; así, pues, pocos eran los que sentían amor a su rey y a su honor, y no les importaba humillarse ante las huestes enemigas, si aquello podía reportarles mayores bienes que si resistiesen con valor al empuje de los contrarios. 

Vacilaba el perezoso y débil gobernador ante la imponente voz de los revoltosos, cuando se presentó una diputación enviada por una compañía de valientes que guardaba el baluarte de Santo Domingo, compuesta de comerciantes de Santafé de Bogotá y de Quito que estaban establecidos en Cartagena. Estos pedían con instancia que no se cejase ante las exigencias de la plebe; aseguraban que con la guarnición que existía en la plaza y los recursos que poseían, podrían defenderse hasta fastidiar al enemigo, que había tenido ya muchas bajas y estaba descontento. Pero no bien hubo hablado la comisión de los comerciantes de Santo Domingo, cuando se presentó otra respetabilísima: iba de parte de los dos cabildos, que pedían se capitulase inmediatamente, porque no había resistencia posible. Después de esto llegaron varios religiosos, los cuales, en nombre de las comunidades religiosas de la ciudad, suplicaban que no se derramase sangre inútilmente, porque no había esperanza de rechazar al enemigo... Ante estas opiniones, a las que se añadía la suya propia, el gobernador resolvió capitular. Mandó enarbolar bandera blanca y envió emisarios al general de la armada francesa ofreciendo, bajo condiciones muy honrosas, entregar la plaza. Accedió a todo el barón de Pointis, y el día 4 de mayo por la mañana salió la guarnición de Cartagena (dos mil hombres) con sus armas, los empleados del gobierno civil, con una parte de sus haberes, el Tribunal de la Inquisición y las monjas del Carmen y de Santa Clara, que prefirieron quebrantar su clausura más bien que permanecer en la ciudad en que imperaban los filibusteros, a pesar de que se había estipulado que los vencedores respetarían las iglesias y los conventos. 

Tranquilizáronse un tanto los espíritus cuando vieron que Pointis se dirigió a la catedral inmediatamente que entró en la ciudad, y pidió respetuosamente al provisor, que le había salido a recibir, se entonase el Te Deum. 

Nombró en seguida gobernador de la ciudad al gobernador de Petit-Goave, Juan Bautista Ducassé, el cual dio amplias licencias de hacer su gusto a los filibusteros. Pero los habitantes, que se veían maltratados, y robados los templos por aquella horda de bandidos, acudieron a quejarse al general de la escuadra francesa, y aunque éste se indignó y quiso arbitrar remedio, Ducassé no pudo o no quiso poner término a aquellos abusos, y cruzáronse entre los jefes palabras muy hirientes. En resumen los cartageneros no obtuvieron las garantías que se les habían ofrecido, y el susto y la aprehensión reinaron en todos los ánimos, pues no se sabía hasta qué punto llegarían las vejaciones de los filibusteros, quienes recorrían las calles tomando para sí cuanto se les antojaba y aterrando a los pobres vecinos con sus amenazas. 

Entre tanto que sucedían estas cosas, el capitán Santarem alojaba en su casa a algunos de los franceses, compraba -ya sabemos a qué precio- un cargamento de mercancías, expropiadas por los enemigos a sus conciudadanos, las cuales embarcaba en una balandra de los filibusteros; y aunque era mal mirado por los cartageneros y despreciado por los franceses mismos, él se manifestaba muy satisfecho con sus mal adquiridas riquezas, de las cuales fue a disfrutar en Francia muy a su sabor, y después se radicó en Portugal, de donde era oriunda su familia. 

IX 

Veamos ahora qué había sido de nuestro héroe Sancho Jimeno durante todas las semanas en que le hemos perdido de vista. 

Cuando se vio curado de la enfermedad que le había acometido después de la rendición de Boca Chica, tuvo la pena de saber que Cartagena se había rendido, no obstante los muchos recursos que poseía. Hallábase, pues, retirado en Villanueva al lado de su esposa, cuando se presentó un negro que le enviaba el mayordomo de la hacienda que tenía en Barú, el cual le dijo que llevaba una carta que había escrito el padre de San Juan de Dios que allí estaba asilado. 

-Dame la carta, pues, -dijo Jimeno alargando la mano.

-La carta me la dio el mayordomo... 

-¿Y qué la hiciste? 

-Hacía una hora que había salido de la hacienda y me preparaba para pasar al estero, frente al pueblo de Pata de Caballo, cuando me cogieron preso unos blancos de Cartagena que están allí escondidos, me quitaron la carta, la leyeron, y me mandaron que siguiera mi camino, que ellos sabrían qué habían de hacer con la carta. 

-¡Atrevidos! -exclamó Jimeno-. Pero tú a lo menos debes saber el motivo que tuvo el religioso para escribirme. 

-Debió ser para avisar al amo que estaban en la hacienda unos franceses que iban de parte de su general, a ver si sumerced estaba todavía en su casa de campo, como él se lo había mandado. 

-Vuélvete otra vez, hijo, -repuso Jimeno-, y di a los franceses que si no estoy en Barú, es porque mi mujer se había venido para acá, y que aquí como allá estoy a sus órdenes, como prisionero que soy de su gobernador. 

Dos días después de aquel en que estuvo el negro a dar cuenta a su amo de lo que hemos sabido, Jimeno recibió una orden del gobernador Diego de los Ríos, mandándole que aclarase un cargo que tenía contra él el barón de Pointis, el cual le acusaba de traición, porque los soldados franceses que fueron a su hacienda de Barú habían sido llevados presos al gobernador por los aldeanos de Pata de Caballo, y que no habían apresado al oficial que les mandaba, porque éste logró escapárseles y pasar a avisar al barón de la mala partida que les había jugado Sancho Jimeno. 

-¡Yo hacer traición! -exclamó el ex-castellano de Boca Chica-. Inmediatamente pasaré a vindicarme. 

Mandó llamar al negro que se había dejado quitar la carta, llevó consigo a varios habitantes de Villanueva, como testigos de que no había salido de allí, y que los soldados no fueron llevados presos al gobernador, y se presentó a vindicarse delante de los franceses dueños de Cartagena. 

Ya no halló en la ciudad al barón de Pointis: indignado éste con la conducta de Ducassé, o deseoso de hacerse dueño absoluto de los caudales, decían otros, que había tomado de las cajas reales (de ocho a nueve millones de francos), habíase embarcado en sus bajeles, después de transportar a ellos todo el oro, que fue llevado al puerto, cargado en ciento diez mulas. 

Pointis recibió muy bien a Jimeno, y le dijo que jamás había dudado de su honorabilidad, y que le relevaba de su palabra, de manera que en adelante ya no debería considerarse como prisionero suyo, ni le exigía ningún rescate. 

-Valientes como vos, -dijo-, son rarísimos en el mundo, y el molde en que se fabrican caballeros de vuestro temple, se ha quebrado, y no se encuentra en ninguna parte de la tierra. 

Cuando Pointis salió del puerto en dirección a Francia, Sancho regresó a Cartagena, en donde fue muy aplaudida su conducta, y todos deseaban ver la espada que le había dado el general francés cuando no rindió el castillo de Boca Chica. 

Era la espada de poquísimo valor; la empuñadura de cobre, y la hoja, no de acero toledano, que eran las más preciadas en aquella época, pero se la envidiaban todos, y algunos hubieran dado por merecerla su peso en oro. 

Ducassé, en tanto, con sus filibusteros acababa de recoger las mercancías que más le convenían, las alhajas de las iglesias, entre otras un soberbio y riquísimo sepulcro de plata maciza, que era el orgullo de los cartageneros. Pesaba ocho mil pesos de plata, y pertenecía al convento de San Agustín, de donde una piadosa cofradía, que lo había regalado a la iglesia, lo sacaba el viernes santo en procesión por las calles de la ciudad. Aquellos piratas desmantelaron los castillos y escogieron los mejores cañones para llevárselos, de manera que embarcaron cerca de cien piezas de artillería que sacaron de la fortaleza. Los cañones que no pudieron o no quisieron llevarse, fueron precipitados al mar; trataron de volar las fortalezas y derribar los muros; y, por último, resolvieron irse, a instancias de Ducassé mismo, que temía que aquellos energúmenos acabasen por volver cenizas la ciudad cuyos edificios él había dado su palabra de respetar. 

Los filibusteros estaban disgustados con Pointis porque no había distribuido entre ellos equitativamente el botín sacado de Cartagena. Estos decían que había sacado veinte millones de francos en monedas, barras y efectos, mientras que el general francés aseguraba que el botín no valía más de nueve a diez millones, sumándolo todo. Ducassé trató de calmarles, ofreciendo poner su queja al rey de Francia, y por último les hizo embarcar y salir definitivamente del puerto. 

¡Cuál no sería la alegría de aquella desgraciada ciudad cuando desaparecieron en el horizonte las últimas velas de los bajeles de los filibusteros! El gobernador que, como hemos visto, era lento en sus movimientos, indeciso y enemigo de la actividad, ordenó desde Mahates, en. donde estaba desde cuando salió de la ciudad, que Sancho Jimeno permaneciese mandando en la ciudad, como que era la persona más querida en Cartagena y la de su mayor confianza. 

Jimeno mandó inmediatamente a llamar a su mujer y con ella entraron muchas familias que habían huido desde el principio del sitio de Boca Chica. Los lamentos, los gemidos, las expresiones de espanto y las escenas de dolor que se representaban por todas las calles a medida que los míseros habitantes encontraban sus casas saqueadas, llenaban de indignación a Sancho Jimeno, el cual aseguraba que si el gobernador le hubiese enviado la guarnición que le pidió, y si después se sostuviera en la plaza, los franceses hubieran partido sin entrar en la ciudad, pues el barón mismo le había dicho que más gente había perdido por causa del clima y de las fiebres, que en los combates que había sostenido; de manera que si atacaron a Boca Chica cerca de diez mil hombres, cinco mil escasos se embarcaron al partir. 

Ocupábase Sancho Jimeno en reunir y armar a la dispersa tropa, en tapar las brechas de las murallas, remendar las fortalezas y poner en orden todo, cuando le fueron a avisar que entraban nuevamente por Boca Chica siete bajeles de piratas filibusteros, con banderas negras desplegadas, los cuales, sin duda, tendrían intención de acabar de arruinar la ciudad. 

Efectivamente, yendo por la mar, algunos jefes de los filibusteros se habían separado de Ducassé, quien siguió para Santo Domingo, mientras que aquéllos regresaron a Cartagena con las más negras intenciones. 

X 

La ciudad no estaba en situación de resistir: no había un cañón montado, ni las armas se hallaban en buen estado, y la mayor parte de los vecinos permanecían fuera... Era preciso, pues, manifestarse impávidos y aguardar de pie firme, pero sin tratar de defenderse, a la horda de piratas que se acercaba. 

Don Sancho Jimeno aconsejó a las mujeres que saliesen inmediatamente de la plaza, llevándose a sus niños y los pocos haberes que aún conservaban; mandó con ellas muchos de los hombres que de nada le podrían servir, y él permaneció con unos pocos en la casa de la gobernación. 

Aunque hizo muchos esfuerzos para que partiera su mujer, ésta se resistió valientemente a sus súplicas y permaneció en su casa. 

Empezaba a desaparecer el sol tras el horizonte, cuando un mulatito muy vivo que se hallaba en acecho, entró en el salón en donde don Sancho estaba con unos pocos de sus amigos, y le dijo que acababan de desembarcar los piratas, y que se dirigían hacia aquel lado. 

-Iré a encontrarles, -dijo él calándose el sombrero, abrochándose la espada y tomando una pistola-. Quiero manifestarles que no les temo, -añadió. 

Miró a sus compañeros como para invitarles a que le acompañasen, pero ninguno le contestó, ni siquiera se movió del sitio en que estaba. 

Don Sancho salió, bajó la escalera, y llegaba al portal, cuando se encontró con los filibusteros. 

-¿Qué se os ofrece aquí otra vez? -preguntó con sosiego a los jefes. 

-¿Quién sois vos para atreveros a preguntárnoslo? -contestaron con insolencia.

-El encargado de la comandancia de la plaza. 

-¡Que le encadenen y le metan en las bóvedas! -exclamó el que iba adelante. 

-No, no, -repuso otro-. A éste debemos tratarle con consideraciones, ¡es Sancho Jimeno! 

¡Es tan cierto que el valor se impone a todos! 

Rodeáronle los filibusteros con curiosidad. 

-Bien, pues, -repuso el que iba adelante, dirigiéndose a algunos de los que venían atrás-: le llevaréis a su casa en lugar de sumirle en las bóvedas, pero le pondréis guardia y me responderéis de él. 

Quisieron algunos atarle. 

-¡Atrás! -dijo el español-. ¡Nadie me toque! Aquí están mis armas... Yo iré solo; no me escaparé. 

Los bandidos recibieron la pistola y la espada, y le dejaron tomar la cabeza de la escolta, que se dirigió a su casa, en donde la desventurada Teresa le esperaba temblando. La escolta registró todas las habitaciones, y robó cuanto había en ellas; en seguida encerraron a los dos esposos en un cuarto y pusieron un centinela frente a la puerta. 

Toda la noche los presos estuvieron oyendo los gritos de espanto, los clamores de los vecinos que pedían auxilio, a quienes saqueaban y maltrataban los piratas. Don Sancho se paseaba en su aposento, lleno de angustia al verse impotente para hacer cosa alguna en favor de los desgraciados, mientras que Teresa sollozaba en un rincón. 

En las puertas de todas las casas había centinelas que no dejaban salir a nadie, en tanto que los bandidos robaban y ponían en tormento a los que no entregaban su dinero, y a los esclavos y sirvientes para que denunciasen a sus amos. Esto se hacía con método y orden, registrando la ciudad manzana por manzana y llevando el botín a una casa cerca del puerto, en donde habían de distribuirlo después. Aquella gente no robaba para sí, sino que todos los bienes eran comunes hasta que llegase la hora de la distribución. Al aclarar el día siguiente se presentó una escolta en la casa de don Sancho Jimeno. 

-Venimos a que nos entreguéis cuanto tengáis en oro, plata y alhajas, -dijo el oficial de la escolta. 

-¿No ha estado la casa a vuestra disposición? 

-No hemos hallado en toda ella nada de valor. 

-Pues entonces no conseguiréis más, porque todos los valores que yo poseía estaban aquí. 

-¡Mentís! -exclamó el filibustero-. Nos han dicho que sois millonario... 

Jimeno no contestó una palabra, y se contentó con sonreír con aire despreciativo. 

Eran ellos muy despreciables para que él se resintiese de sus insultos. 

-¿No me contestáis? -preguntó el filibustero, tratando de reportarse, pues comprendía que con un hombre como aquél no valían los insultos. 

-No,-dijo Jimeno-; no contesto, porque es bien sabido que no tengo más renta que la que me produce mi sueldo de empleado, y la de una pequeña estancia que tengo en Barú. 

-Me entregaréis cien mil pesos, o vuestra avaricia os costará la vida. -No poseo cien maravedís... Haced lo que queráis; y puesto que no me puedo defender, me mataréis si se os antoja. 

-Iréis entonces