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Jorge Luis Borges
de "Historia Universal de la
Infamia"
La viuda Ching, pirata
La palabra corsarias corre el
albur de despertar un recuerdo que es vagamente incómodo: el de una ya
descolorida zarzuela, con sus teorías de evidentes mucamas, que hacían de
piratas coreográficas en mares de notable cartón. Sin embargo, ha habido
corsarias: mujeres hábiles en la maniobra marinera, en el gobierno de
tripulaciones bestiales y en la persecución y saqueo de naves de alto bordo. Una
de ellas fue Mary Read, que declaró una vez que la profesión de pirata no era
para cualquiera, y que, para ejercerla con dignidad, era preciso ser un hombre
de coraje, como ella. En los charros principios de su carrera, cuando no era aún
capitana, uno de sus amantes fue injuriado por el matón de a bordo. Mary lo retó
a duelo y se batió con él a dos manos, según la antigua usanza de las islas del
Mar Caribe: el profundo y precario pistolón en la mano izquierda, el sable fiel
en la derecha. El pistolón falló, pero la espada se portó como buena... Hacia
1720 la arriesgada carrera de Mary Read fue interrumpida por una horca española,
en Santiago de la Vega (Jamaica).
Otra pirata de esos mares fue Anne
Bonney, que era una irlandesa resplandeciente, de senos altos y de pelo fogoso,
que más de una vez arriesgó su cuerpo en el abordaje de naves. Fue compañera de
armas de Mary Read, y finalmente de horca. Su amante, el capitán John Rackam,
tuvo también su nudo corredizo en esa función. Anne, despectiva, dio con esta
áspera variante de la reconvención de Aixa a Boabdil: "Si te hubieras batido
como un hombre no te ahorcarían como a un perro".
Otra, más venturosa y longeva, fue una
pirata que operó en las aguas del Asia, desde el Mar Amarillo hasta los ríos de
la frontera del Annam. Hablo de la aguerrida viuda de Ching.
LOS AÑOS DE APRENDIZAJE
Hacia 1797, los accionistas de las
muchas escuadras piráticas de ese mar fundaron un consorcio y nombraron
almirante a un tal Ching, hombre justiciero y probado. Éste fue tan severo y
ejemplar en el saqueo de las costas que los habitantes despavoridos imploraron
con dádivas y lágrimas el socorro imperial. Su lastimosa petición no fue
desoída: recibieron la orden de poner fuego a sus aldeas, de olvidar sus
quehaceres de pesquería, de emigrar tierra adentro y aprender una ciencia
desconocida llamada agricultura. Así lo hicieron, y los frustrados invasores no
hallaron sino costas desiertas. Tuvieron que entregarse, por consiguiente, al
asalto de naves: depredación aún más nociva que la anterior, pues molestaba
seriamente al comercio. El gobierno imperial no vaciló y ordenó a los antiguos
pescadores el abandono del arado y la yunta y la restauración de remos y redes.
Éstos se amotinaron, fieles al antiguo temor, y las autoridades resolvieron otra
conducta: nombrar al almirante Ching jefe de los Establos Imperiales. Éste iba a
aceptar el soborno. Los accionistas lo supieron a tiempo, y su virtuosa
indignación se manifestó en un plato de orugas envenenadas, cocidas con arroz.
La golosina fue fatal: el antiguo almirante y jefe novel de los Establos
Imperiales entregó su alma a las divinidades del mar. La viuda, transfigurada
por la doble traición, congregó a los piratas, les reveló el enredado caso y los
instó a rehusar la clemencia falaz del Emperador y el ingrato servicio de los
accionistas de afición envenenadora. Les propuso el abordaje por cuenta propia y
la votación de un nuevo almirante. La elegida fue ella. Era una mujer
sarmentosa, de ojos dormidos y sonrisa cariada. El pelo renegrido y aceitado
tenía más resplandor que los ojos.
A sus tranquilas órdenes, las naves se
lanzaron al peligro y al alto mar.
EL COMANDO
Trece años de metódica aventura se
sucedieron. Seis escuadrillas integraban la armada, bajo banderas de diverso
color: la roja, la amarilla, la verde, la negra, la morada y la de la serpiente,
que era de la nave capitana. Los jefes se llamaban Pájaro y Piedra, Castigo de
Agua de la Mañana, Joya de la Tripulación, Ola con Muchos Peces y Sol Alto. El
reglamento, redactado por la viuda Ching en persona, es de una inapelable
severidad, y su estilo justo y lacónico prescinde de las desfallecidas flores
retóricas que prestan una majestad más bien irrisoria a la manera china oficial,
de la que ofreceremos después algunos alarmantes ejemplos. Copio algunos
artículos:
"Todos los bienes transbordados de
naves enemigas pasarán a un depósito y serán allí registrados. Una quinta parte
de lo aportado por cada pirata le será entregada después; el resto quedará en el
depósito. La violación de esta ordenanza es la muerte.
»La pena del pirata que hubiere
abandonado su puesto sin permiso especial será la perforación pública de sus
orejas. La reincidencia en esta falta es la muerte.
»El comercio con las mujeres
arrebatadas en las aldeas queda prohibido sobre cubierta; deberá limitarse a la
bodega y nunca sin el permiso del sobrecargo. La violación de esta ordenanza es
la muerte."
Informes suministrados por prisioneros
aseguran que el rancho de esos piratas consistía principalmente en galleta, en
obesas ratas cebadas y arroz cocido, y que, en los días de combate, solían
mezclar pólvora con su alcohol. Naipes y dados fraudulentos, la copa y el
rectángulo del "fantan", la visionaria pipa del opio y la lamparita distraían
las horas. Dos espadas de empleo simultáneo eran las armas preferidas. Antes del
abordaje, se rociaban los pómulos y el cuerpo con una infusión de ajo; seguro
talismán contra las ofensas de las bocas de fuego.
La tripulación viajaba con sus
mujeres, pero el capitán con su harem, que era de cinco o seis, y que solían
renovar las victorias.
HABLA KIA-KING, EL JOVEN EMPERADOR
A mediados de 1809 se promulgó un
edicto imperial, del que traslado la primera parte y la última. Muchos
criticaron su estilo:
"Hombres desventurados y dañinos,
hombres que pisan el pan, hombres que desatienden el clamor de los cobradores de
impuestos y de los huérfanos, hombres en cuya ropa interior están figurados el
fénix y el dragón, hombres que niegan la verdad de los libros impresos, hombres
que dejan que sus lágrimas corran mirando el Norte, molestan la ventura de
nuestros ríos y la antigua confianza de nuestros mares. En barcos averiados y
deleznables afrontan noche y día la tempestad. Su objeto no es benévolo: no son
ni fueron nunca los verdaderos amigos del navegante. Lejos de prestarle ayuda,
lo acometen con ferocísimo impulso y lo convidan a la ruina, a la mutilación o a
la muerte. Violan así las leyes naturales del Universo, de suerte que los ríos
se desbordan, las riberas se anegan, los hijos se vuelven contra los padres y
los principios de humedad y sequía son alterados...
»... Por consiguiente te encomiendo
el castigo, Almirante Kvo-Lang. No pongas en olvido que la clemencia es un
atributo imperial y que sería presunción en un súbdito intentar asumirla. Sé
cruel, sé justo, sé obedecido, sé victorioso."
La referencia incidental a las
embarcaciones averiadas era, naturalmente, falsa. Su fin era levantar el coraje
de la expedición de Kvo-Lang. Noventa días después, las fuerzas de la viuda
Ching se enfrentaron con las del Imperio Central. Casi mil naves combatieron de
sol a sol. Un coro mixto de campanas, de tambores, de cañonazos, de
imprecaciones, de gongs y de profecías, acompañó la acción. Las fuerzas del
Imperio fueron deshechas. Ni el prohibido perdón ni la recomendada crueldad
tuvieron ocasión de ejercerse. Kvo-Lang observó un rito que nuestros generales
derrotados optan por omitir: el suicidio.
LAS RIBERAS DESPAVORIDAS
Entonces los seiscientos juncos de
guerra y los cuarenta mil piratas victoriosos de la Viuda soberbia remontaron
las bocas del Si-Kiang, multiplicando incendios y fiestas espantosas y huérfanos
a babor y estribor. Hubo aldeas enteras arrasadas. En una sola de ellas, la
cifra de los prisioneros pasó de mil. Ciento veinte mujeres que solicitaron el
confuso amparo de los juncales y arrozales vecinos fueron denunciadas por el
incontenible llanto de un niño y vendidas luego en Macao. Aunque lejanas, las
miserables lágrimas y lutos de esa depredación llegaron a noticias de Kia-King,
el Hijo del Cielo. Ciertos historiadores pretenden que le dolieron menos que el
desastre de su expedición punitiva. Lo cierto es que organizó una segunda,
terrible en estandartes, en marineros, en soldados, en pertrechos de guerra, en
provisiones, en augures y astrólogos. El comando recayó esta vez en Ting-Kvei.
Esa pesada muchedumbre de naves remontó el delta del Si-Kiang y cerró el paso de
la escuadra pirática. La Viuda se aprestó para la batalla. La sabía difícil, muy
difícil, casi desesperada; noches y meses de saqueo y de ocio habían aflojado a
sus hombres. La batalla nunca empezaba. Sin apuro el sol se levantaba y se ponía
sobre las cañas trémulas. Los hombres y las armas velaban. Los mediodías eran
más poderosos, las siestas infinitas.
EL DRAGÓN Y LA ZORRA
Sin embargo, altas bandadas perezosas
de livianos dragones surgían cada atardecer de las naves de la escuadra imperial
y se posaban con delicadeza en el agua y en las cubiertas enemigas. Eran aéreas
construcciones de papel y de caña, a modo de cometas, y su plateada o roja
superficie repetía idénticos caracteres. La Viuda examinó con ansiedad esos
regulares meteoros y leyó en ellos la lenta y confusa fábula de un dragón, que
siempre había protegido a una zorra, a pesar de sus largas ingratitudes y
constantes delitos. Se adelgazó la luna en el cielo y las figuras de papel y de
caña traían cada tarde la misma historia, con casi imperceptibles variantes. La
Viuda se afligía y pensaba. Cuando la luna se llenó en el cielo y en el agua
rojiza, la historia pareció tocar a su fin. Nadie podía predecir si un ilimitado
perdón o si un ilimitado castigo se abatirían sobre la zorra, pero el inevitable
fin se acercaba. La Viuda comprendió. Arrojó sus dos espadas al río, se
arrodilló en un bote y ordenó que la condujeran hasta la nave del comando
imperial.
Era el atardecer: el cielo estaba
lleno de dragones, esta vez amarillos. La Viuda murmuraba una frase: "La zorra
busca el ala del dragón", dijo al subir a bordo.
LA APOTEOSIS
Los cronistas refieren que la zorra
obtuvo su perdón y dedicó su lenta vejez al contrabando de opio. Dejó de ser la
Viuda; asumió un nombre cuya traducción española es Brillo de la Verdadera
Instrucción.
"Desde aquel día (escribe un
historiador) los barcos recuperaron la paz. Los cuatro mares y los ríos
innumerables fueron seguros y felices caminos.
»Los labradores pudieron vender las
espadas y comprar bueyes para el arado de sus campos. Hicieron sacrificios,
ofrecieron plegarias en las cumbres de las montañas y se regocijaron durante el
día cantando atrás de biombos."
Dos Mujeres Piratas | La viuda Ching, pirata
Material compilado y seleccionado por la
educadora Nidia Cobiella
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