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PRIMERA PARTE CAPÍTULO I HERMANO Y HERMANA
Salieron disparados del Parque de la Puerta de Oro, tomaron la dirección de San Francisco y emprendieron el descenso de las colinas tan desenfrenadamente que los peatones se volvían a mirarles con inquietud. Los brillantes jerseys volaban por las calles de la ciudad, daban rodeos rehuyendo el subir por las colinas más empinadas, y cuando esto era inevitable, se detenían un instante para ver quién llegaba antes a la cumbre. Sus compañeros llamaban Joe al muchacho que, con más frecuencia, abría la marcha, dirigía las carreras o iniciaba las paradas. Se trataba de «seguir al guía», y él, el mas alegre y audaz de todos, les guiaba. Pero cuando pasaron por la Western Addition, entre las lujosas y espléndidas residencias, su risa se tornó menos ruidosa y frecuente, y sin darse cuenta se fue rezagando hasta quedarse el último. En el cruce de las calles Laguna y Vallejo sus compañeros torcieron a la derecha. -¡Hasta la vista, Fred! -gritó entonces Joe mientras dirigía su rueda hacia la izquierda-. ¡Hasta la vista, Charley! -Esta noche nos veremos -le contestaron. -No... no podré acudir -respondió. -Anda, ven -suplicaron. -Tengo trabajo. ¡Hasta la vista! Al quedarse solo se puso serio y sus ojos reflejaron cierta contrariedad. Empezó a silbar resueltamente, pero el silbido se fue debilitando hasta convertirse en un sonido apenas perceptible, que cesó al entrar en una avenida que conducía a una gran casa de dos pisos. -¡Oh, Joe! Titubeaba ante la puerta de la biblioteca. Sabía que allí se hallaba Bessie estudiando sus lecciones. Además, debía de estar a punto de terminar, pues siempre concluía antes de comer, y no faltarían muchos minutos para ser la hora. Joe, en cambio, aún no había comenzado. Este pensamiento le irritó. Ya era bastante insoportable que una hermana dos años más joven estuviera a la misma altura, pero era más intolerable todavía que le sobrepujara en saber. No es que él fuese lerdo; nadie mejor que él sabía que no lo era. Pero, sin poder explicarse la causa, se daba el caso de que su inteligencia se fijaba en otras cosas y regularmente asistía a clase falto de preparación. -Joe, haz el favor de venir y aquella voz era ligeramente quejumbrosa. -¿Qué quieres? -dijo el apartando el portier con violencia. Lo dijo con aspereza, pero un instante después ya lo lamentaba viendo a una niña pequeña y delgada que le miraba fijamente desde el otro lado de la enorme mesa de lectura cubierta de libros. Tenía enfrente lápiz y papel, y estaba sentada en una butaca de tan amplias dimensiones, que la hacía parecer aún más frágil de lo que en realidad era. -¿Qué pasa, Sis? -preguntó con más dulzura, mientras se dirigía a su lado. Ella le cogió la mano y la oprimió contra su mejilla, y cuando le tuvo cerca se le arrimó con gesto mimoso. -¿Qué tienes, Joe querido? -inquirió tiernamente-. ¿Quieres decírmelo? Él permaneció silencioso. Le pareció ridículo confiar sus penas a una hermana menor. ¡Si al menos pudiera alejarse de su lado... era tan tonto aquello! Pero podía herir sus sentimientos y por experiencia sabía qué susceptibles son las niñas. Le abrió los dedos y le besó la palma de la mano. Era como si cayera un pétalo de rosa, y era también su manera de repetir la pregunta. -No tengo nada -dijo decididamente. Y luego, contradiciéndose: -¡Es papá! Su disgusto se reflejaba ahora en los ojos de la niña. -Pero papá es tan bueno y cariñoso, Joe -comenzó-. ¿Por qué no tratas de complacerle? El no exige mucho de ti, y todo es por tu bien. Tú no eres torpe como otros chicos. Con que quisieras estudiar un poquito... -¡Eso es! ¡Sermones! -estalló, apartando la mano rudamente-. Hasta tú empiezas a reprenderme ahora. Probablemente vendrán luego el cocinero y el mozo de cuadra. Se puso las manos en el bolsillo y vio delante de sí un porvenir melancólico y desolado, lleno de interminables sermones y predicadores sin cuento. -¿Para esto me has llamado? -preguntó cuando ya se volvía para marcharse. Ella volvió a cogerle la mano. -No, no era para esto, pero parecías tan disgustado que pensé... -la voz se le quebró y empezó de nuevo: -lo que quería decirte es que estamos organizando una excursión al otro lado de la bahía, a Oakland, para el sábado próximo; una excursión a las colinas. -¿Quiénes van? -Myrtle Hayes... -¿Aquella bobalicona? -interrumpió. -Yo no creo que sea bobalicona -contestó Bessie con energía-. Es una de las muchachas más agradables que conozco. -Esto no es decir gran cosa, considerando las muchachas que conoces tú. Pero sigue. ¿Y las demás? -Pearl Sayther y su hermana Alice, Jessie Hilbom, Sadie French y Edna Crothers. Esto en cuanto a las chicas. Joe hizo un gesto lleno de desdén. -Y los chicos ¿quiénes son entonces? -Maurice y Félix Clement, Dick Schofield, Burt Layton, y... -Basta ya. Son chiquillos que no van a ninguna parte. -Yo... yo quería pedirte que vinierais tú, Fred y Charley -dijo ella con voz temblona-. Por eso te había llamado... para pedirte que vinierais. -¿Qué haréis? -preguntó. -Pasear, coger flores silvestres (ahora ya hay amapolas), merendar en algún sitio agradable, y... y... -Volver a casa -concluyó por ella. Bessie asintió con la cabeza. Joe volvió a introducir las manos en los bolsillos y a pasear de arriba abajo. -¡Vaya unos preparativos! -dijo bruscamente-. ¡Qué programa tan estúpido! No cuentes conmigo, gracias. La niña apretó los labios temblorosos y volvió a la carga valerosamente. -¿Y tú qué harías? -preguntó. -Yo cogería a Fred y a Charley y me iría a algún sitio para hacer algo... bueno, algo... Se detuvo y se la quedó mirando. Ella esperaba pacientemente que continuase. Pero él se daba cuenta de su incapacidad para expresar con palabras lo que sentía y deseaba, y toda su pena y general descontento volvieron a adueñarse de el. -¡Oh, tú no puedes comprender! -dijo de pronto-. No puedes comprender, tú eres una niña. A ti te gusta ir aseada y peripuesta, observar buena conducta y adelantar en los estudios. Tú no amas el peligro, ni las aventuras, ni todas estas cosas; ni te gustan los chicos revoltosos que saben gozar de la vida, ni nada de esto. Prefieres los niños buenos con cuello blanco, siempre limpios y bien peinados, que les guste estar retirados, que el maestro les mime y diga que progresan; niños amables que no hagan diabluras y que les baste con pasear, coger flores y merendar, y se den por satisfechos con eso para meterse a hacer diabluras. ¡Oh, conozco la especie! Se asustan de su propia sombra y no tienen más valor que una oveja. Esto es lo que son... ovejas. Pues bien; yo no soy una oveja, y hemos terminado. Y no quiero tomar parte en vuestra merienda ni en lo demás, y no voy. Las lágrimas asomaron a los negros ojos de Bessie y le temblaban los labios. Esto irritó a Joe sobremanera. ¿Para qué servían las chicas, a ver? Siempre gimoteando, contrariando, y queriendo mandar sobre los demás. No tenían ni pizca de sentido común. -No se os puede decir nada sin que os echéis a llorar -afirmó, tratando de calmarla-. Pero yo no quería molestarte, Sis. Yo no quería, ¿sabes? Yo... Se detuvo sin saber cómo proseguir y la miró. Bessie estaba sollozando, y al mismo tiempo que se estremecía con los esfuerzos por contenerse, las lágrimas corrían por sus mejillas. -¡Oh, las chicas! -gritó furioso, y salió de la habitación a grandes zancadas.
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