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Capítulo I

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO I

HERMANO Y HERMANA

Cruzaron corriendo la arena luminosa, dejando tras ellos el Pacífico con el estrépito atronador de la resaca; al llegar a la calzada montaron en las bicicletas y, con extra ordinaria rapidez se hundieron en las verdes avenidas del parque. Eran tres, tres muchachos, vistiendo jerseys de vivos colores, y se deslizaban por el andén de las bicicletas a una velocidad tan peligrosamente cercana a la máxima, como suelen hacerlo todos los chicos que visten jerseys de brillantes colores. Y hasta es posible que excediesen la velocidad máxima. Así al menos lo creyó un policía montado del parque; pero, no estando seguro, se contentó con amonestarles cuando pasaron por su lado como una exhalación. Instantáneamente se dieron por enterados del aviso, pero a la vuelta siguiente ya lo habían olvidado con igual rapidez, lo cual también es costumbre de los muchachos que usan jerseys de vivos colores.

Salieron disparados del Parque de la Puerta de Oro, tomaron la dirección de San Francisco y emprendieron el descenso de las colinas tan desenfrenadamente que los peatones se volvían a mirarles con inquietud. Los brillantes jerseys volaban por las calles de la ciudad, daban rodeos rehuyendo el subir por las colinas más empinadas, y cuando esto era inevitable, se detenían un instante para ver quién llegaba antes a la cumbre.

Sus compañeros llamaban Joe al muchacho que, con más frecuencia, abría la marcha, dirigía las carreras o iniciaba las paradas. Se trataba de «seguir al guía», y él, el mas alegre y audaz de todos, les guiaba. Pero cuando pasaron por la Western Addition, entre las lujosas y espléndidas residencias, su risa se tornó menos ruidosa y frecuente, y sin darse cuenta se fue rezagando hasta quedarse el último. En el cruce de las calles Laguna y Vallejo sus compañeros torcieron a la derecha.

-¡Hasta la vista, Fred! -gritó entonces Joe mientras dirigía su rueda hacia la izquierda-. ¡Hasta la vista, Charley!

-Esta noche nos veremos -le contestaron.

-No... no podré acudir -respondió.

-Anda, ven -suplicaron.

-Tengo trabajo. ¡Hasta la vista!

Al quedarse solo se puso serio y sus ojos reflejaron cierta contrariedad. Empezó a silbar resueltamente, pero el silbido se fue debilitando hasta convertirse en un sonido apenas perceptible, que cesó al entrar en una avenida que conducía a una gran casa de dos pisos.

-¡Oh, Joe!

Titubeaba ante la puerta de la biblioteca. Sabía que allí se hallaba Bessie estudiando sus lecciones. Además, debía de estar a punto de terminar, pues siempre concluía antes de comer, y no faltarían muchos minutos para ser la hora. Joe, en cambio, aún no había comenzado. Este pensamiento le irritó. Ya era bastante insoportable que una hermana dos años más joven estuviera a la misma altura, pero era más intolerable todavía que le sobrepujara en saber. No es que él fuese lerdo; nadie mejor que él sabía que no lo era. Pero, sin poder explicarse la causa, se daba el caso de que su inteligencia se fijaba en otras cosas y regularmente asistía a clase falto de preparación.

-Joe, haz el favor de venir y aquella voz era ligeramente quejumbrosa.

-¿Qué quieres? -dijo el apartando el portier con violencia.

Lo dijo con aspereza, pero un instante después ya lo lamentaba viendo a una niña pequeña y delgada que le miraba fijamente desde el otro lado de la enorme mesa de lectura cubierta de libros. Tenía enfrente lápiz y papel, y estaba sentada en una butaca de tan amplias dimensiones, que la hacía parecer aún más frágil de lo que en realidad era.

-¿Qué pasa, Sis? -preguntó con más dulzura, mientras se dirigía a su lado.

Ella le cogió la mano y la oprimió contra su mejilla, y cuando le tuvo cerca se le arrimó con gesto mimoso.

-¿Qué tienes, Joe querido? -inquirió tiernamente-. ¿Quieres decírmelo?

Él permaneció silencioso. Le pareció ridículo confiar sus penas a una hermana menor. ¡Si al menos pudiera alejarse de su lado... era tan tonto aquello! Pero podía herir sus sentimientos y por experiencia sabía qué susceptibles son las niñas.

Le abrió los dedos y le besó la palma de la mano. Era como si cayera un pétalo de rosa, y era también su manera de repetir la pregunta.

-No tengo nada -dijo decididamente. Y luego, contradiciéndose: -¡Es papá!

Su disgusto se reflejaba ahora en los ojos de la niña.

-Pero papá es tan bueno y cariñoso, Joe -comenzó-. ¿Por qué no tratas de complacerle? El no exige mucho de ti, y todo es por tu bien. Tú no eres torpe como otros chicos. Con que quisieras estudiar un poquito...

-¡Eso es! ¡Sermones! -estalló, apartando la mano rudamente-. Hasta tú empiezas a reprenderme ahora. Probablemente vendrán luego el cocinero y el mozo de cuadra.

Se puso las manos en el bolsillo y vio delante de sí un porvenir melancólico y desolado, lleno de interminables sermones y predicadores sin cuento.

-¿Para esto me has llamado? -preguntó cuando ya se volvía para marcharse.

Ella volvió a cogerle la mano.

-No, no era para esto, pero parecías tan disgustado que pensé... -la voz se le quebró y empezó de nuevo: -lo que quería decirte es que estamos organizando una excursión al otro lado de la bahía, a Oakland, para el sábado próximo; una excursión a las colinas.

-¿Quiénes van?

-Myrtle Hayes...

-¿Aquella bobalicona? -interrumpió.

-Yo no creo que sea bobalicona -contestó Bessie con energía-. Es una de las muchachas más agradables que conozco.

-Esto no es decir gran cosa, considerando las muchachas que conoces tú. Pero sigue. ¿Y las demás?

-Pearl Sayther y su hermana Alice, Jessie Hilbom, Sadie French y Edna Crothers. Esto en cuanto a las chicas.

Joe hizo un gesto lleno de desdén.

-Y los chicos ¿quiénes son entonces?

-Maurice y Félix Clement, Dick Schofield, Burt Layton, y...

-Basta ya. Son chiquillos que no van a ninguna parte.

-Yo... yo quería pedirte que vinierais tú, Fred y Charley -dijo ella con voz temblona-. Por eso te había llamado... para pedirte que vinierais.

-¿Qué haréis? -preguntó.

-Pasear, coger flores silvestres (ahora ya hay amapolas), merendar en algún sitio agradable, y... y...

-Volver a casa -concluyó por ella.

Bessie asintió con la cabeza. Joe volvió a introducir las manos en los bolsillos y a pasear de arriba abajo.

-¡Vaya unos preparativos! -dijo bruscamente-. ¡Qué programa tan estúpido! No cuentes conmigo, gracias.

La niña apretó los labios temblorosos y volvió a la carga valerosamente.

-¿Y tú qué harías? -preguntó.

-Yo cogería a Fred y a Charley y me iría a algún sitio para hacer algo... bueno, algo...

Se detuvo y se la quedó mirando. Ella esperaba pacientemente que continuase. Pero él se daba cuenta de su incapacidad para expresar con palabras lo que sentía y deseaba, y toda su pena y general descontento volvieron a adueñarse de el.

-¡Oh, tú no puedes comprender! -dijo de pronto-. No puedes comprender, tú eres una niña. A ti te gusta ir aseada y peripuesta, observar buena conducta y adelantar en los estudios. Tú no amas el peligro, ni las aventuras, ni todas estas cosas; ni te gustan los chicos revoltosos que saben gozar de la vida, ni nada de esto. Prefieres los niños buenos con cuello blanco, siempre limpios y bien peinados, que les guste estar retirados, que el maestro les mime y diga que progresan; niños amables que no hagan diabluras y que les baste con pasear, coger flores y merendar, y se den por satisfechos con eso para meterse a hacer diabluras. ¡Oh, conozco la especie! Se asustan de su propia sombra y no tienen más valor que una oveja. Esto es lo que son... ovejas. Pues bien; yo no soy una oveja, y hemos terminado. Y no quiero tomar parte en vuestra merienda ni en lo demás, y no voy.

Las lágrimas asomaron a los negros ojos de Bessie y le temblaban los labios. Esto irritó a Joe sobremanera. ¿Para qué servían las chicas, a ver? Siempre gimoteando, contrariando, y queriendo mandar sobre los demás. No tenían ni pizca de sentido común.

-No se os puede decir nada sin que os echéis a llorar -afirmó, tratando de calmarla-. Pero yo no quería molestarte, Sis. Yo no quería, ¿sabes? Yo...

Se detuvo sin saber cómo proseguir y la miró. Bessie estaba sollozando, y al mismo tiempo que se estremecía con los esfuerzos por contenerse, las lágrimas corrían por sus mejillas.

-¡Oh, las chicas! -gritó furioso, y salió de la habitación a grandes zancadas.

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