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CAPÍTULO 6 DÍA DE EXÁMENES Era evidente que Fred y Charley habían hecho correr la noticia de su descenso al Abismo y de su combate con la tribu de los Simpson y con los Peces. Oyó dar las nueve con una sensación de alivio, y entró en la escuela seguido de las miradas de admiración de todos los chicos. Las niñas le contemplaban también, tímidas y medrosas, como hubieran contemplado a Daniel saliendo de la cueva de los leones, o a David después de la batalla con Goliat. Así pensaba Joe; pero esta adoración de héroe le molestaba y afligía, y deseó cordialmente que dirigieran por un rato los ojos a otra parte. Pronto miraron en otra dirección. Mientras se distribuían sobre cada pupitre grandes hojas de papel, la señorita Wilson, una joven de aspecto austero, que pasaba por el mundo como si éste fuese una nevera (aun en los días más calurosos se la veía en la clase con un chal o una capa sobre los hombros), se levantó y escribió en la pizarra, donde todos pudiesen verlo, la cifra romana «I». Todos los ojos y había cincuenta pares de ellos- estaban pendientes de su mano con expectación, y en el intervalo que siguió reinó en la clase un silencio de muerte. Debajo de la cifra romana «I» escribió: «a) ¿Qué eran las leyes de Dracón? b) ¿Por qué dijo un orador ateniense que estaban escritas, no con tinta, sino con sangre?» Cuarenta y nueve cabezas se inclinaron y cuarenta y nueve plumas rasguearon vigorosamente sobre otras tantas hojas de papel. únicamente continuaba en alto la cabeza de Joe, quien consideraba la pizarra con un desconcierto tal, que la señorita Wilson, observándole por encima del hombro al terminar de escribir «II», se detuvo para mirarle. Después escribió: «a) ¿Cómo condujo a las reformas de Solón la guerra entre Atenas y Megara a causa de la isla Salamina? b) ¿En qué sentido diferían de las leyes de Dracón?» Se volvió para mirar otra vez a Joe. Éste seguía con la vista fija y más desconcertado que nunca. -¿Qué le sucede, Joe? -le preguntó-. ¿No tiene usted papel? -Sí que tengo, gracias -y empezó caprichosamente a sacar punta al lápiz. Hizo una punta fina. Después la hizo mas fina. Y después, con paciencia infinita, procedió a hacerla mucho más fina todavía. Varios de sus compañeros levantaron la cabeza para averiguar de dónde procedía aquel ruido. Pero él no lo notó. Estaba demasiado absorto en su trabajo, y su pensamiento hallábase ocupado en cosas tan distintas de la que estaba haciendo, como de la historia de Grecia. -Por supuesto, todos ustedes saben que las hojas de examen deben escribirse con tinta. La señorita Wilson se dirigía a la clase en general pero tenía los ojos fijos en Joe. Precisamente cuando ya la punta estaba todo lo fina posible, se rompió, y Joe comenzó de nuevo. -Me parece, Joe, que está usted molestando a la clase -dijo la profesora, desesperada. Dejó el lápiz encima de la mesa, cerró el cortaplumas con un crujido y volvió a fijar, desconcertado, los ojos en la pizarra. ¿Qué sabía él acerca de Dracón, o de Solón, o de los demás griegos? Le suspenderían: he aquí todo. No era necesario ver las otras preguntas; aunque supiese dos o tres contestaciones, no valía la pena escribirlas. Nada podría evitar el fracaso. Además, el brazo le dolía demasiado para escribir. Si miraba a la pizarra, le hacían daño los ojos, y hasta cuando los tenía cerrados le dolían; y creyó positivamente que le perjudicaría el pensar. Así, pues, las cuarenta y nueve plumas rasgueaban a cuál mejor en pos de la señorita Wilson, quien cubría la pizarra con preguntas y más preguntas; y él escuchaba el rasguear, y viendo aumentar las preguntas bajo la tiza de la profesora se sentía verdaderamente desdichado. Le parecía que la cabeza le daba vueltas. Le dolía por dentro y por fuera, y creyó haber perdido por completo la noción de las cosas. Los recuerdos del Abismo le abrumaban como escenas de una pesadilla monstruosa, y por mucho que se esforzara no podía desecharlos. Quiso fijar la imaginación y los ojos en el rostro de la señorita Wilson, que ahora estaba sentada ante el pupitre, pero incluso entonces surgía frente a él el semblante impúdico de Brick Simpson. Era inútil. Se sentía enfermo y dolorido, cansado y despreciable. No había manera de evitar el fracaso. Y cuando después de una espera interminable se recogieron las hojas, sobre la suya no había sino su nombre, el nombre de la asignatura y la fecha que había escrito a través en lo alto de la página. Después de un breve intervalo, fueron entregando más hojas, y comenzó el examen de aritmética. No se molestó en mirar las preguntas. En tiempo ordinario hubiese podido salir airoso de este examen, pero en el presente estado de ánimo y de cuerpo sabía que era imposible. Se contentó con cubrirse el rostro con las manos, esperando que llegara el mediodía. Una vez que levantó los ojos hacia el reloj, sorprendió a Bessie mirándole inquieta a través del salón, desde la sección de niñas. Esto aumentó su malestar. ¿Por qué había de fastidiarle? No necesitaba preocuparse por el. ¿Estaba empeñada en aprobar? Pues ¿por qué no había de dejarle tranquilo? Así es que le dirigió una mirada extraordinariamente furiosa y volvió a hundir el rostro entre las manos. No lo levantó hasta que tocaron las doce y, después de entregar una segunda hoja en blanco, salió junto con los otros chicos. Generalmente, Fred, Charley y él almorzaban en un ángulo del patio que se habían reservado para ellos. Pero este día, por una singular coincidencia, una veintena de muchachos había elegido el mismo sitio para almorzar. Joe les observaba con disgusto. En su condición actual no se sentía inclinado a ser admirado como héroe. Le dolía demasiado la cabeza y estaba preocupado con su fracaso en los exámenes, y eso que aún faltaban los de la tarde. Estaba irritado contra Fred y Charley, que sin dejar de darle un lugar preeminente, charlaban como garzas refiriendo las aventuras de la noche anterior, y tomaban cierto aire protector con los respetuosos y admirados condiscípulos. Quisieron éstos que hablase Joe, pero se frustraron todas sus tentativas. Gruñía y respondía brevemente con un «sí» o un «no» a las preguntas que le dirigían con intención de sonsacarle. Deseaba huir a alguna parte, y echarse en algún sitio sobre la hierba, para olvidar sus sufrimientos. Se levantó dispuesto a marchar en busca de aquel refugio, pero se encontró con que le seguían media docena de admiradores. Quiso gritarles que le dejaran solo, pero se lo impidió su orgullo. Le envolvía una gran ola de disgusto y desesperación, y entonces una idea cruzó por su mente. Puesto que había de fracasar en los exámenes, ¿por qué sufrir la tortura de aquella tarde, que no podría ser sino peor que la de la mañana? Y siguiendo el impulso del momento, puso en práctica su idea. Anduvo directamente hacia la puerta, y salió. Aquí sus admiradores se detuvieron asombrados. Joe volvió la esquina y se perdió de vista. Caminó sin rumbo fijo durante un buen rato, hasta que dio con los rieles de una línea de tranvía. Un coche procedente de la ciudad baja acababa de parar para que bajaran los pasajeros. Joe montó en él y se ocultó en un rincón del asiento exterior. De pronto notó que el coche daba la vuelta sobre la plataforma giratoria y se sintió arrebatado rápidamente. Ante él se hallaba el enorme edificio del embarcadero. Sin haber visto ni oído nada habían cruzado por el corazón del barrio de los negocios de San Francisco. Dirigió una mirada al reloj de la torre. Era la una y diez; tenía tiempo suficiente para coger el barco de la una y cuarto. Esto lo decidió y, sin la menor idea de lo que hacía, pagó los diez centavos del billete, atravesó la puerta y pronto se halló cruzando velozmente la bahía, en dirección a la linda ciudad de Oakland. Con la misma inconsciencia y sin saber cómo, se encontró una hora más tarde sentado en el borde del malecón de la ciudad de Oakland y apoyando la dolorida cabeza contra un poste. Desde allí dominaba con la vista las cubiertas de buen número de pequeñas embarcaciones de vela. Unos cuantos haraganes se habían reunido para mirar curiosamente, y Joe también se sintió interesado.
Cada uno de estos barcos tenía la cabina construida en el centro y sobre el cobertizo asomaban las breves chimeneas de las cocinas; de la del Ghost salía humo. Las puertas de la cabina estaban abiertas y levantadas las tablas del cobertizo, de manera que Joe podía ver el interior y observar al que la ocupaba, un joven de diecinueve o veinte años, atareado por el momento en guisar. Llevaba altas botas de agua que le llegaban a las caderas, pantalones azules y camisa de lana oscura. Las mangas, arremangadas hasta el codo, dejaban ver unos brazos fuertes y tostados por el sol, y cuando el joven levantaba la cabeza su rostro aparecía igualmente curtido y bronceado. Hasta la nariz de Joe se elevó el aroma de café, y desde una olla de hierro llegaba el inconfundible olor de judías casi cocidas. El cocinero colocó una sartén sobre el hornillo, hizo derretir un trozo de manteca y, cuando estuvo a punto, echó dentro una gran tajada de carne de buey. Entretanto, hablaba con un compañero ocupado en llenar un cubo y rociar con el agua salada los montones de ostras que había sobre la cubierta. Una vez efectuado esto, las cubrió con sacos húmedos y entró en la cabina, donde sobre una mesa pequeña había un cubierto para él. El cocinero, después de servir la comida, se sentó a su lado a comer. A la vista de este espectáculo despertó el romanticismo de Joe. Aquello era vivir, ganarse la vida al aire libre, bajo el sol y el cielo o recibiendo el viento y la lluvia. En cambio él debía sentarse todos los días en un salón cerrado, en compañía de cincuenta muchachos, fatigándose el cerebro y atracándose de ciencia árida. Y mientras tanto, estos hombres hacían todas aquellas cosas, vivían alegres, despreocupados y felices, bogando y navegando, preparando sus propios alimentos y tropezando, sin duda, con aventuras como las que únicamente se sueñan en el salón de la escuela. Joe suspiró. Sentía que había nacido para esta vida y no para la de colegial. Como estudiante, era una desdicha. Había fracasado en los exámenes y sabía que Bessie, en cambio, en aquel momento se dirigía a casa triunfalmente, después de haber aprobado todas las asignaturas. ¡Oh, era intolerable! Su padre se equivocaba haciéndole estudiar. Aquello tal vez estaría bien para chicos que se sintiesen inclinados a ello; pero él, bien claro se veía, no tenía tal inclinación. En la vida había otras carreras, aparte de aquellos estudios. ¡Cuántos hombres sin grandes capacidades se habían lanzado a la mar y se habían hecho poderosos, poseyendo flotas importantes, realizando hazañas asombrosas y dejando escritos sus nombres en las páginas del tiempo! ¿Y por qué no había de ser el, Joe Bronson? Cerró los ojos y se compadeció inmensamente de sí mismo; y cuando los abrió de nuevo, vio que había dormido y que el sol declinaba a toda prisa. Llegó a casa después de cerrada la noche, se fue directamente a su habitación y se acostó sin haber encontrado a nadie. Se hundió entre las frescas sábanas, con un suspiro de satisfacción al pensar que, ocurriese lo que ocurriese, no necesitaba preocuparse ya de la historia. Pero entonces le importunó otro pensamiento, al recordar que comenzaría el curso siguiente y que seis meses más tarde le esperaba otro examen de la misma historia.
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