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CAPÍTULO 7 PADRE E
HIJO Al día siguiente por la mañana, Joe fue llamado por su padre a la biblioteca, y acudió casi contento, ya que aquello significaba el término de todas sus dudas. El señor Bronson estaba de pie junto a la ventana. La algarabía que armaban unos gorriones parecía haber atraído toda su atención. Joe miró también hacia afuera, y vio sobre la hierba un pajarito caído del nido, dando tumbos ridículos en sus esfuerzos por sostenerse sobre las débiles patitas. El nido se hallaba en un rosal trepador que rodeaba la ventana, y los padres piaban locos de inquietud por el hijito. -Esto es lo que suelen hacer los pájaros jóvenes -advirtió el señor Bronson volviéndose hacia Joe con una sonrisa severa-; y me parece que tú estas próximo a caer en una situación semejante, hijo mío. Creo, Joe -continuó-, que has llegado a un momento crítico. Lo estoy viendo venir desde hace un año, al observar tu abandono en los estudios, tu despreocupación y falta de estímulo, tu deseo constante de estar fuera de casa, en busca de toda suerte de aventuras. Se detuvo como si esperara una respuesta, pero Joe permaneció silencioso. -Te he dado libertad completa, porque yo creo en la libertad. Las almas superiores se desarrollan así. No he querido cohibirte con un sinfín de reglamentos y restric ciones enfadosas. He exigido muy poco de ti y te he dejado salir siempre que te ha apetecido. He querido que, en cierto modo, obraras de acuerdo con tu honor, te he dejado ser absolutamente dueño de tus actos, confiando en tu sentido de justicia para evitar caer en el error, y al menos, para perseverar en tus estudios. Pero me has defraudado. ¿Qué debo hacer? ¿Ponerte límites y trabas? ¿Vigilarte? ¿Obligarte a estudiar por la fuerza?... Aquí tengo una nota -dijo el señor Bronson después de una pausa, durante la cual había cogido un sobre de encima de la mesa, sacando de él una hoja escrita. Joe reconoció la letra dura e inflexible de la señorita Wilson, y sintió abatírsele el ánimo. Su padre empezó a leer: «El abandono y la negligencia han sido las características de su trabajo durante este curso, así que al llegar los exámenes carecía totalmente de preparación. En historia y en aritmética no intentó siquiera responder a una sola pregunta, devolviendo las hojas en blanco. Estos exámenes tuvieron lugar por la mañana. Por la tarde no se tomó la molestia de venir para las asignaturas restantes.» El señor Bronson cesó de leer y levantó la vista del papel. -¿Dónde estuviste por la tarde? -preguntó. -Crucé la bahía y fui a Oakland -contestó Joe sin tratar de oponer el dolor de cabeza y de todo su cuerpo como atenuante a su falta. -Eso es lo que se llama «ser franco», ¿no es verdad? -Sí, señor -respondió Joe. -La víspera de los exámenes te pareció oportuno, en vez de estudiar, marcharte a corretear y liarte vergonzosamente a puñetazos con unos hampones. Entonces no quise decirte nada. Y hasta es posible que te hubiese perdonado si te hubieras portado bien en la escuela. Joe no tuvo nada que objetar. Sabía que el asunto ofrecía otro aspecto; pero imaginaba que su padre no le comprendería, y que por consiguiente era inútil hablarle de ello. -Has faltado por negligencia y desaplicación. Necesitas lo que no he empleado todavía contigo, esto es: una disciplina severa. Hace tiempo que lucho con la conveniencia de enviarte a una escuela militar, donde cada minuto de las veinticuatro horas te señalarían tus obligaciones. -¡Tú no comprendes, padre, no puedes comprender! -prorrumpió Joe al fin-. Trato de estudiar... quiero estudiar honradamente; pero... no sé por qué causa... no puedo. Tal vez no tenga aptitudes. Tal vez no he nacido para el estudio. En cambio, quisiera ir por el mundo; ver la vida... y vivir. No quiero ir a una academia militar; prefiero embarcarme... y hacer alguna cosa, llegar a ser algo. El señor Bronson le miró con benevolencia. -Sólo mediante el estudio tienes la esperanza de hacer alguna cosa y llegar a ser algo en el mundo -dijo. Joe levantó la mano con un gesto desesperado. Ya sé lo que pasa -continuó el señor Bronson-; pero no eres sino un niño, semejante a este pajarito que estamos contemplando. Si en casa no tienes bastante fuerza de voluntad para estudiar, saldrás de casa, y fuera, en el mundo que crees que te está llamando, tampoco tendrás el dominio suficiente para llevar a efecto las obligaciones que el mundo impone... Pero yo quiero, Joe, que cuando termines la segunda enseñanza, y antes de ingresar en la universidad, vayas una temporada a conocer el mundo. -¿Por qué no me dejas ir ahora? -preguntó impulsivamente el muchacho. -No, todavía es pronto; aún no tienes alas. No estás suficientemente formado ni has fijado del todo tus ideas, ni tus aspiraciones. -Pero no podré estudiar -aseguró Joe-. Yo sé que no podré estudiar. El señor Bronson consultó el reloj y se levantó para marcharse. -Todavía no he tomado ninguna determinación -dijo—. Ignoro aún lo que haré, si concederte otro plazo de prueba en tu escuela pública o mandarte a la escuela militar. Junto a la puerta se detuvo un momento, se volvió a mirarle, y le dijo: -Acuérdate de esto, Joe. No estoy enojado contigo; antes bien, siento pesadumbre y tristeza. Piénsalo bien, y esta noche me dirás lo que has decidido. El señor Bronson salió, y Joe oyó cerrarse tras él la puerta de la calle. Se tumbó en la enorme butaca y entornó los ojos. ¡Una escuela militar! Temía esta clase de instituciones tanto como el animal teme la trampa. No, ciertamente, él no quería ir a un sitio semejante... Sólo de pensarlo suspiró profundamente. Tenía tiempo hasta la noche para decidirse. Pues bien; ya estaba decidido y no era menester esperar hasta la noche. Con expresión resuelta se levantó, se puso el sombrero y salió a la calle. Demostraría a su padre que podía llevar a cabo su misión en el mundo, iba diciéndose mientras andaba, vaya si se lo demostraría. Al llegar a la escuela tenía su proyecto definitivamente planeado. No le quedaba sino llevarlo a efecto. Era mediodía, pasó a su salón y cogió sus libros sin que nadie le viera. Atravesando el patio para salir, encontró a Fred y a Charley. -¿Qué hay? preguntó Charley. -Nada -gruñó Joe. -¿Qué haces aquí? -Llevarme mis libros, como ves. ¿Qué te figurabas que hacía? -No seas tan misterioso -intervino Fred-. No sé por qué no puedes decirnos qué te ha pasado. -Pronto lo sabréis -dijo Joe significativamente, más significativamente de lo que él mismo pretendía. Y por miedo a que le hiciesen hablar más, volvió la espalda a sus asombrados compañeros y se marchó corriendo. Se dirigió a casa y subió a su cuarto donde enseguida se puso a ordenar sus cosas. Colgó el traje que llevaba y lo cambió por otro más viejo. Eligió dos juegos de ropa interior, un par de camisas de algodón y media docena de pares de calcetines. Añadió otros tantos pañuelos de bolsillo, un peine y un cepillo de dientes. Cuando lo tuvo envuelto en fuerte papel de embalar, lo contempló satisfecho. Luego se dirigió a su escritorio, y de un cajoncito interior cogió sus ahorros de algunos meses, que ascendían a varios dólares. Esta suma la había guardado para el día 4 de julio, pero la introdujo en el bolsillo sin sentir apenas remordimiento. Después tomó de la mesa un pliego de papel y se sentó a escribir: «No os preocupéis por mí. Soy un fracasado y voy a embarcarme. No os atormentéis. Estoy bien y puedo bastarme a mí mismo. Algún día volveré, y entonces estaréis orgullosos de mí. Adiós, papá, mamá y Bessie. Joe.» Lo dejó encima de la mesa, donde pudiese ser visto fácilmente. Cogió el paquete bajo el brazo, y, con una última mirada de despedida a la habitación, salió de puntillas.
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