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CAPÍTULO 9
-Me juego cualquier cosa que aún están roncando -dijo el primero de los recién llegados, sacando hábilmente con una mano a Frisco Kid de debajo de las mantas y alcanzando con la otra la botella de vino. French Pete, al otro lado de la sobrequilla, levantó la cabeza con los ojos cargados de sueño y les dio la bienvenida. El Londinense, como llamaban a aquel marinero, preguntó: -¿Quién es éste? -y chasqueando la lengua después de beber, hizo rodar a Joe por el suelo-. ¿Es un pasajero? -siguió preguntando. -No, no -se apresuró a contestar French Pete-. Es el marinero nuevo. Muy buen chico. -Bueno o malo, habrá de guardarse la lengua entre los dientes -dijo mirando ferozmente a Joe el otro recién llegado que aún no había hablado. -¿Y cómo se reparte el botín? -preguntó el Londinense-. Espero que a mí y a Bill nos tocará una buena porción. -El Dazzler tiene una parte... lo que vosotros llamáis... un tercio; luego dividimos el resto en cinco partes. Cinco hombres, cinco partes. Ante las reclamaciones de los otros, French Pete insistía llamando en su apoyo a Frisco Kid; pero éste dejó que se las arreglasen como pudiesen, y se puso a hacer café caliente. Todo aquello resultaba inexplicable para Joe, y únicamente comprendía que él era, hasta cierto punto, la causa de la disputa. Al fin, French Pete se salió con la suya y los recién llegados cedieron después de mucho rezongar. Cuando terminaron de beber el café subieron todos a cubierta. -Quédate en la sobrequilla y huye de su presencia -advirtió Frisco Kid a Joe-. Ya te enseñaré el manejo de las cuerdas y de todo cuando no tengamos prisa. El corazón de Joe latió con súbita gratitud, pues tuvo un extraño presentimiento de que entre todos los de a bordo únicamente en Frisco Kid podría buscar ayuda en caso de necesidad. Ya empezaba a sentir aversión hacia French Pete. No podía explicarse el motivo, pero lo sentía, sencillamente. Oyó un crujido de maderas, y la enorme vela mayor fue izada en la noche. Bill desató la bolina, el Londinense se acomodó en la popa, y Frisco Kid soltó el foque mientras French Pete empuñaba la caña del timón y el Dazzler, aprovechando la brisa, se dio a la banda, en busca del canal de salida. Joe oyó algo de no encender las luces laterales y de observar una estrecha vigilancia, pero todo lo que pudo comprender fue que se estaba violando alguna ley de navegación. Las luces de Oakland, más próximas al agua, empezaron a quedarse atrás. Pronto las manchas sombrías de los terrenos pantanosos comenzaron a interrumpir las líneas de los muelles y de los barcos oscuros, y Joe comprendió que se dirigían fuera de la bahía de San Francisco. El viento Norte soplaba blandamente, y el Dazzler cortaba sin ruido las aguas rodeadas de tierra. -¿Adónde vamos? -preguntó Joe al Londinense, tratando, a la vez de hacerse amable y de satisfacer su curiosidad. -¡Oh, vamos a tomar un cargamento de la fábrica de mi socio Bill! -repuso alegremente, con cierta dignidad. Joe pensó que era un individuo de aspecto bastante grotesco para poseer una fábrica; pero consciente de que en el mundo nuevo donde acababa de penetrar podían encontrarse cosas muy raras, no dijo nada. Ya se había puesto en ridículo ante Frisco I,,'-id con el asunto de su pronunciación de «castillo de proa», y no tenía el menor deseo de poner otra vez de manifiesto su ignorancia. Un poco después le mandaron apagar la lámpara de la cabina. El Dazzler viraba de bordo y empezó a maniobrar en dirección a la costa Norte. Todos guardaban silencio, interrumpido tan sólo al cruzarse ocasionalmente preguntas y respuestas, en voz baja, entre Bill y el capitán. Finalmente, el bergantín fue dirigido cara al viento, y el foque y la vela mayor se arriaron prudentemente. Acorta la guindaleza -murmuró French Pete a Frisco Kid, quien corrió a echar el áncora procurando soltar la menor cantidad posible de cuerda. Botaron al agua el esquife del Dazzler, y lo mismo hicieron con el pequeño bote en que habían llegado los dos extranjeros. -Ten cuidado que no alborote ese cachorrillo -ordenó Bill en voz baja, a tiempo que se reunía en el bote con su socio. -¿Sabes remar? -preguntó Frisco Kid cuando entraron en el otro bote. Joe asintió con la cabeza. -Pues coge estos remos y no hagas ruido. Frisco Kid tomó el segundo par y French Pete se apoderó del timón. Joe notó que los remos estaban forrados de cuerda trenzada, y hasta las entalladuras de la borda donde se apoya el remo estaban recubiertas de cuero. Era imposible hacer ruido, a no ser por un mal golpe, y Joe había aprendido a bogar en el lago Merrit lo bastante bien para evitar esto. Seguían la estela del primer bote, y mirando a un lado vio que se deslizaban a lo largo de un muelle que avanzaba desde tierra. Un par de barcos con las luces de puerto bien encendidas estaban amarrados allí; pero pasaron precisamente más allá del radio de luz. A una orden de Frisco Kid, dada en voz apenas perceptible, dejó de remar. Entonces los botes, como si fueran fantasmas, vararon en una pequeña playa y se realizó el desembarco inmediatamente. Joe siguió a los hombres, que subían con muchas precauciones a un dique de unos veinte pies. Una vez arriba, se encontró sobre los rieles de una vía estrecha, que corrían entre grandes montones de fragmentos de hierro mohoso. Estos montones, separados unos de otros por callejones, se extendían en todas direcciones, sin que hubiese podido decir hasta dónde, pero a lo lejos distinguió la silueta vaga de un gran edificio parecido a una fábrica. Los hombres empezaron a transportar cargas de hierro a la playa, y French Pete, cogiéndole por un brazo y advirtiéndole de nuevo que no metiese ruido, le dijo que hiciese otro tanto. En la playa entregaron los bultos a Frisco Kid, quien los cargó primero en un bote y luego en el otro. Cuando los esquifes cedieron bajo el peso, se puso a empujarlos hacia afuera, a fin de dejar libre el fondo. Joe trabajaba resueltamente, aunque no podía evitar el asombrarse ante lo raro de todo aquel negocio. ¿Por qué lo rodearían de tanto misterio? Apenas había comenzado a hacerse estas preguntas, cuando oyó en dirección de la playa el canto de un búho, y en su mente nació una horrible sospecha. Extrañado de que hubiese un búho en un lugar tan poco apropiado, se detuvo en su trabajo. Pero de pronto surgió de la oscuridad un hombre, y dirigió de lleno hacia él la luz de una linterna sorda. Cegado por la luz, retrocedió dando traspiés. Después, un revólver que el hombre llevaba en la mano se disparó, con el estampido de un cañón. Joe se dio cuenta de que el tiro iba dirigido a él, y sus piernas manifestaron un deseo irresistible de huir. Aunque lo hubiese querido, le hubiera sido difícil permanecer allí para dar una explicación a aquel hombre tan excitado que tenía en la mano un revólver humeante. Emprendió la carrera hacia la playa y tropezó con otro hombre que salía corriendo de detrás de un montón de hierro, también con una linterna sorda. Este segundo hombre reaccionó prontamente y corrió tras Joe, que bajaba a escape del dique. Saltó al agua, en busca del bote. French Pete con los remos de proa y Frisco Kid con el otro par, habían puesto el esquife cara al mar y esperaban tranquilamente su llegada. Tenían los remos dispuestos para partir, pero permanecieron inmóviles porque los dos hombres habían comenzado a disparar contra ellos desde lo alto del dique. El otro esquife estaba mas cerca de la playa y casi encallado. Bill trataba de ponerlo a flote y llamaba al Londinense para que lo ayudara; pero aquel caballero había perdido la cabeza por completo y llegaba nadando a la zaga de Joe. No bien había acabado de trepar Joe por la popa, cuando hizo otro tanto el Londinense. Este nuevo peso estuvo a punto de hacer zozobrar al bote. Ya había entrado una excesiva cantidad de agua agravando el peligro. Entretanto, los hombres del dique habían cargado de nuevo sus armas y abrían otra vez el fuego, pero con mejor puntería. La alarma había cundido. Se oían voces y gritos desde los barcos del muelle, a lo largo del cual corrían algunos hombres. Más lejos sonó furioso un silbato de policía. -¡Sal de ahí! -gritó Frisco Kid-. Vas a hundirnos. Vete y ayuda a tu socio. Los dientes del Londinense castañeteaban de miedo y no podía ni moverse ni hablar. -¡Echad fuera a ese loco! -ordenó French Pete desde la proa. En aquel momento una bala rompió un remo, y el capitán procedió fríamente a sustituirlo por otro que llevaba de reserva. -Échanos una mano, Joe -ordenó Frisco Kid. Joe comprendió, y entre los dos cogieron a aquel hombre paralizado por el terror y lo lanzaron al agua. Dos o tres proyectiles cayeron a su alrededor cuando volvió a la superficie, pero ya había habido tiempo para que lo recogiera Bill, quien al fin había logrado poner a flote el esquife. -¡Hala!- dijo French Pete. Y unos cuantos golpes de remo en la oscuridad les sacaron pronto de la zona de fuego. Había entrado tal cantidad de agua, que la frágil embarcación estaba siempre en peligro de hundirse. Mientras remaban los otros, Joe, siguiendo las órdenes del capitán, empezó a tirar al agua parte del hierro. Esto les salvó de momento. Pero cuando llegaron junto al Dazzler se ladeó el esquife, hundió uno de sus costados y volcó, enviando al fondo el resto del cargamento. Joe y Frisco subieron juntos a la superficie y juntos se encaramaron a bordo, llevando a remolque el cable del bote. Ya había llegado French Pete y les ayudó en su maniobra. Mientras lanzaban el agua del bote inundado, aparecieron en escena Bill y su socio. Todas las manos trabajaban rápidamente, y casi antes de que Joe pudiera darse cuenta, la vela mayor y el foque estuvieron izados, el ancla levada y el Dazzler se deslizaba por el canal. Frente a un terreno pantanoso y desierto, Bill y el Londinense se despidieron y desaparecieron en su esquife. French Pete, refugiado en la cabina, se lamentaba de su mala suerte en diversos idiomas, y buscó consuelo en la botella de vino.
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