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Capítulo XI

CAPÍTULO 11
CAPITÁN Y TRIPULACIÓN

-¡Anda! ¡Despierta! ¡Vamos a anclar!

Joe se levantó sobresaltado, extrañado de lo insólito de aquella escena; el sueño había alejado por algún tiempo sus preocupaciones y no sabía dónde se hallaba. Después fue recordando. El viento había caído con la noche. A lo lejos el mar continuaba aún agitado, pero el Dazzler se deslizaba resguardado por los acantilados de una isla. El cielo estaba despejado y el aire tenía la sutileza y el vigor propios del amanecer. El agua saludaba con sus alegres cabrilleos a los primeros rayos del sol, que en aquel momento trasponía el horizonte. Hacia el Sur estaba la isla de Alcatraz, y desde sus alturas coronadas de cañones las agudas notas de las trompetas daban la bienvenida al nuevo día. Al Oeste, el Golden Gate se abría entre el Pacífico y la bahía de San Francisco. Un barco completamente aparejado, hasta con las velas más ligeras, avanzaba lentamente sobre la marca creciente.

El espectáculo era bello en verdad. Joe se restregó los ojos para alejar de ellos el sueño, y se embriagó en su contemplación, hasta que Frisco le dijo que se moviera y preparara lo necesario para anclar.

-Deja caer unas cincuenta brazas de cadena -ordenó- y luego sosténla.

Dirigió con suavidad el bergantín a barlovento, aflojando al mismo tiempo el foque.

-Suelta las drizas del foque y ven a barloar.

Joe había visto realizar la maniobra la noche anterior y así pudo ejecutarla con buen resultado.

¡Anda! ¡Acaba de soltar el áncora! ¡Cuidado, con las vueltas! ¡Aprisa, anda!

La cadena voló con sorprendente rapidez y el Dazzler quedó parado. Frisco Kid le ayudó, y juntos arriaron la vela mayor, la plegaron y amarraron en los tomadores y pusieron los soportes bajo el botalón.

Aquí tienes un cubo -dijo Frisco Kid entregando el mencionado objeto-. Lava las cubiertas; no tengas miedo al agua ni a la suciedad. Toma una escoba, procura que todo esté reluciente. Cuando termines, afianza el esquife. La última noche se le abrieron las costuras. Yo me voy abajo a preparar el desayuno.

Pronto empezó el agua a correr alegremente por la cubierta, en tanto que el humo que salía de la cabina era una promesa de las cosas buenas que esperaban luego. De vez en cuando, Joe levantaba la cabeza del trabajo para contemplar la escena. Era propio para seducir a cualquier muchacho sano, y él no era una excepción. El encanto de aquello lo emocionó extrañamente, y su felicidad hubiese sido completa de haber podido olvidar quiénes eran sus compañeros. Este pensamiento y el recuerdo de French Pete, amodorrado abajo, le echaron a perder la belleza de aquel día. No estaba acostumbrado a tales cosas y se escandalizaba ante la dura realidad de la vida. Pero esto, lejos de perjudicarle, como hubiese ocurrido tal vez con un muchacho de naturaleza más débil, produjo en él un efecto contrario. Robusteció su deseo de mantenerse puro y fuerte y de no tener que avergonzarse ante sus propios ojos. Miró a su alrededor y suspiró. ¿Por qué no serían todos los hombres honrados y sinceros? Le dolía tener que marcharse y dejar todo aquello, pero los acontecimientos de la noche obraban con fuerza sobre él y sabía que para ser fiel a sus principios debía huir.

En esto le llamaron a desayunar. Descubrió que Frisco Kid era tan buen cocinero como buen marino, y se apresuró a hacer honor a la comida. Había puches de maíz, leche condensada, bistec con patatas fritas, y acompañando a todo esto pan francés, mantequilla y café. French Pete no se reunió con ellos a pesar de que Frisco intentó despertarle un par de veces. Gruñó y refunfuñó, abrió a medias los turbios ojos y se echó de nuevo a roncar.

-Imposible saber la duración de estos amodorramientos -explicó Frisco Kid cuando Joe subió a cubierta después de haber lavado los platos-. Hay veces que está así durante un mes seguido; otras, se porta bien una semana entera. En ocasiones se muestra bondadoso, en otras terrible; así que lo mejor es dejarle solo y huir de su presencia. Procura no contrariarle, porque te expondrías a un disgusto... Ven; echémonos a nadar -añadió, pasando bruscamente a otro asunto más agradable-. ¿Sabes nadar?

Joe asintió con la cabeza.

-¿Qué es aquello? -preguntó antes de zambullirse, señalando en la isla una playa resguardada, donde había varios edificios y un gran número de tiendas.

-La estación de cuarentena. En los barcos chinos llegan ahora muchos enfermos de viruela, y les hacen permanecer aquí hasta que los doctores creen que pueden entrar en el país sin peligro de contagio. En cuanto a esto son muy severos también. Porque...

¡Zas! Si Frisco Kid hubiese terminado la frase entonces, en vez de lanzarse al agua, hubiera podido evitarle muchos disgustos a Joe. Pero no la concluyó y Joe se precipitó tras él.

-Te voy a proponer una cosa -dijo Frisco Kid media hora más tarde, mientras agarrados al estay del bauprés se disponían a salir-. Cojamos un poco de pescado para la comida y luego nos pondremos a recuperar el sueño que hemos perdido esta noche. ¿Qué te parece? Se desafiaron a ver quién subía antes; pero Joe volvió a caer por la borda. Cuando al fin consiguió encaramarse, el otro muchacho ya había sacado dos aparejos de pescar con grandes anzuelos bien emplomados y un barrilito de sardinas saladas.

-Ceba -dijo-. Pon una entera. No son ningún bocado especial. Se tragan el cebo con el anzuelo y todo y hacen la cabriola. El que no coja a la primera sacudida el pescado tendrá que limpiar los anzuelos.

Ambos plomos comenzaron juntos el largo descenso, y antes que se detuvieran, hubieron de soltar diecisiete pies de cordel. Pero en el mismo instante en que el plomo de Joe tocó el fondo, sintió las desesperadas sacudidas de un pez que había picado. Al empezar a tirar dirigió una mirada a Frisco Kid y vio que él también, por lo visto, había capturado una buena pieza. Se excitaron por ver quién terminaba antes. Braza a braza iban subiendo a bordo los cordeles mojados. Pero Frisco Kid era más experto y su pescado fue el primero en dar tumbos en el sollado. El de Joe siguió un instante después: un bacalao de tres libras. Estaba loco de alegría. Aquello era magnífico, era el mayor pescado que había sacado del agua o visto sacar. Volvieron a sumergir los anzuelos y de nuevo los subieron con dos compañeros de los ya capturados. Era un deporte espléndido. Joe habría continuado hasta vaciar el mar si Frisco Kid no le hubiese persuadido de que debía dejarlo.

-Ahora tenemos bastante para tres comidas -dijo-. Por lo tanto, es inútil coger más para que se echen a perder. Además, cuanto más pesques, más tendrás que limpiar. Yo me voy a la cama.

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