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CAPÍTULO 14
-¡Hala! ¡arriba! voceaba-. ¡Tú, Joe, aquí! ¡Suelta los tomadores! ¡Aprisa...! ¡Tú, Kid, el foque! Joe, en la oscuridad, se sentía torpe, pues ignoraba los nombres de los objetos y los lugares donde se hallaban; pero se apresuró bastante y cuando hubo echado los tomadores en el sollado, recibió orden de ayudar a izar la vela mayor. Después de esto se elevó el ancla y se colocó el foque. Luego recogieron las drizas y pusieron todas las cosas en orden antes de volver a popa. -¡Muy bien, muy bien! -celebró el francés cuando entró Joe saltando por encima de la barandilla-. ¡Espléndido! ¡Tú serás un buen marino, estoy seguro! Frisco Kid levantó la tapa de uno de los cajones del sollado y dirigió a French Pete una mirada interrogadora. -Naturalmente -contestó éste-. Enciende las luces laterales. El muchacho entró con la linterna roja y la verde en la cabina para encenderlas y después fue con Joe a colgarlas en los aparejos. -Parece que no se atreven a emprenderlo -dijo Frisco Kid en voz baja. -¿El qué? -preguntó Joe. Aquella cosa que te dije está por ahí cerca. Es tan grave, que casi me parece que French Pete tiene miedo. Red Nelson lo despacharía en un periquete, pero no sabe bastante de esto. No puede emprenderlo hasta que Pete le de su palabra. -¿A dónde vamos ahora? -inquirió Joe. -No lo sé; por la ruta que seguimos, lo más probable es que vayamos a los bancos de ostras. En este viaje no ocurrió nada notable. Por la noche se inició un vientecillo que les empujó y se sostuvo durante una hora o más. Después decayó y se hizo inseguro y vago, soplando tan pronto de un cuadrante como de otro. French Pete permaneció junto al timón, mientras Joe o Frisco Kid recogían o soltaban ocasionalmente alguna vela. Joe estaba sentado y se maravillaba de que el francés supiese por dónde iba. Le parecía que se hallaban perdidos en la impenetrable oscuridad que les envolvía. Desde el Pacífico llegaba una niebla muy alta, que se interponía entre ellos y las estrellas privándoles de la escasa luz que de ellas pudiesen recibir. Pero French Pete parecía conocer instintivamente la dirección, y contestando a una pregunta de Joe, hizo alarde de su habilidad guiándose por la «percepción» de las cosas. Yo percibo la marea, el viento, la velocidad -explicó-. Hasta percibo la tierra. Esto que te digo es muy cierto. ¿Cómo lo hago? Lo ignoro. Sólo sé que percibo la tierra, como si mi brazo se extendiese millas y millas y alargase la mano sobre la tierra, la tocara y supiera que está allí. Joe miró, incrédulo, a Frisco Kid. -Eso es verdad -afirmó-. Cuando se lleva algún tiempo navegando, se llega a sentir la tierra. Y si se tiene la nariz un poco fina, regularmente hasta se puede oler. Una hora más tarde, Joe dedujo por los gestos del francés que se acercaban a su destino. Parecía estar alerta, y miraba continuamente las sombras que tenía enfrente, como si a cada momento esperase ver alguna cosa. Joe miraba también con mucha insistencia, pero no veía más que tinieblas. -Prueba con el palo, Kid -ordenó French Pete-. Me parece que ya es hora. Frisco Kid desató del techo de la cabina una pértiga larga y delgada y, de pie en el centro de la angosta cubierta, hundió verticalmente uno de sus extremos en el agua. -Cerca de quince pies -dijo. -¿Qué es el fondo? -Barro -le respondió. -Espera un poco y vuelve a probar. Cinco minutos después el palo se sumergió de nuevo. -Dos brazas... --dijo Frisco Kid- conchas... French Pete se frotó las manos, satisfecho. -Muy bien, muy bien -dijo-. Siempre acierto con el fondo. No os burlaréis del viejo, os lo aseguro. Frisco Kid seguía maniobrando con la pértiga y anunciando los resultados del sondeo, con gran asombro de Joe, que no podía comprender cómo aquellos hombres conocían tan íntimamente el fondo del mar. -Diez pies... conchas -continuaba diciendo Frisco Kid con voz monótona-. Once pies... conchas. Catorce pies... blando. Dieciséis pies... barro. No hay fondo. -¡Ah, el canal! -dijo a esto French Pete. Durante unos minutos sólo se oyó: «No hay fondo...» Y luego, de pronto, gritó Frisco Kid: -¡Ocho pies... duro! Ya está bien -ordenó French Pete-. Ve a proa, Joe, y arría el foque. Tú, Kid, prepara el áncora. Joe encontró la driza del foque y quitó la clavija, y cuando la lona se abatió fueron barloando lentamente. -¡Suelta! -ordenó. Y el áncora se hundió en el agua, arrastrando tras ella poca cadena. Frisco Kid recogió todas las cuerdas apresuradamente. Después amarraron las velas, lo ataron todo y bajaron a dormir. Eran las seis cuando despertó Joe y salió al sollado para echar un vistazo a los alrededores. El viento y el mar estaban agitados y el Dazzler cabeceaba y se balanceaba, levantándose de vez en cuando sobre la cadena del áncora con un salto brusco. Para mantenerse de pie se veía obligado a agarrarse al botalón. Era un día gris plomizo, sin que el sol apareciera por ninguna parte, y grandes masas de nubes fugitivas oscurecían el cielo. Joe buscó la tierra. Se hallaba a una milla y media de distancia. Era una playa baja y arenosa, azotada por una fuerte resaca. Detrás se veían ciénagas desoladas y en último término elevábanse las colinas de Contra Costa. Al dirigir la mirada en otra dirección, Joe se sobrecogió viendo un pequeño bergantín que cabeceaba sujeto al áncora a menos de cien yardas de allí. Se hallaba casi a barlovento, y al balancearse un poco leyó el nombre en la popa: Flying Dutchman, uno de los barcos que había visto amarrados en el muelle de la ciudad de Oakland. Algo más a la izquierda de éste descubrió al Ghost, y más allá había anclados otros seis bergantines. -¿Qué te dije? Joe se volvió rápidamente. French Pete había salido de la cabina y contemplaba triunfante el espectáculo. -¿Qué te dije? No podéis burlaros del viejo, eso es. Acierto lo mismo de noche que a la luz del sol. Yo sé lo mío... Yo sé... -¿Habrá tormenta? -preguntó Frisco Kid desde la cabina, mientras encendía el fuego. El francés estudió el horizonte atentamente durante unos minutos. -Lo mismo puede soplar de arriba que de abajo -fue el incierto veredicto-. Arregla pronto el desayuno y trataremos de pescar. De las diversas cabinas de los bergantines salía humo, denotando con ello que todos preparaban la primera comida del día. En lo concerniente al Dazzler, esto ofre cía poca complicación. No tardaron en despachar y enseguida pusieron un rizo a la vela mayor y estuvieron a punto para levar el ancla. Joe sentía curiosidad. Aquello debían ser indudablemente los bancos de ostras; pero ¿cómo era posible que con aquel mar embravecido pudiesen pescar? No tardaría mucho en saberlo. Levantando parte del entarimado del sollado, French Pete sacó dos bastidores de acero triangulares. En el vértice de uno de estos triángulos y en una anilla a propósito para ello sujetó un trozo de cuerda recia. Desde este punto los lados divergían, formando casi un ángulo recto, y se extendían hasta cuatro pies o más, donde se unían con el tercer lado del triángulo, que era la base del aparato. Éste consistía en un plato de acero llano, de una yarda de longitud aproximadamente. Clavada en el mismo había una larga tira de agudos dientes, de acero también. A este plato dentado y a los lados del triángulo se unía una red de hilo de pescar muy grosero, la cual, como supuso Joe acertadamente, servía para recoger las ostras arrancadas del fondo del mar mediante aquellos dientes. Después de atar una cuerda a cada uno de estos aparatos, los hundieron en el agua desde los costados del Dazzler. Cuando llegaron al fondo y se arrastraron a una distancia conveniente, se moderó notablemente la marcha. Joe tocó una de las cuerdas y pudo percibir con facilidad los choques, las sacudidas y los rechinamientos que producían los dientes al arrancar fragmentos del fondo. -¡Arriba! -gritó French Pete. Los muchachos asieron la cuerda y subieron la red. Estaba llena de barro, lodo, ostras pequeñas y alguna que otra grande. Vaciaron este conjunto sobre cubierta y lo seleccionaron mientras la red seguía pescando. Las grandes echábanlas en el sollado y los escombros volvían a tirarlos al mar con una pala. No se daban punto de reposo, pues enseguida había que vaciar la otra red. Y una vez hecho esto y seleccionadas las ostras, tuvieron que halar a bordo los dos aparejos, a fin de que French Pete pudiese hacer girar el Dazzler El resto de la flota seguía el mismo rumbo y viraba de idéntico modo. A veces, los otros bergantines se les aproximaban hasta casi tocarles, y ellos les saludaban y cambiaban algunas frases y bromas groseras. Pero en general el trabajo era duro y, al cabo de una hora, a Joe le dolía la espalda, a causa de aquel ejercicio al que no estaba acostumbrado, y las manos le sangraban por los cortes producidos al manejar, falto de habilidad, las ostras de afilados bordes. -Esto va bien -dijo French Pete aprobando-. Aprendes pronto. Enseguida sabrás el manejo. Joe sonrió tristemente y deseó que llegara la hora de comer. De vez en cuando, al sacar una red poco cargada, los muchachos tomaban alimento y cambiaban algunas palabras. Aquello es la isla de los Espárragos -decía Frisco Kid señalando la costa-. Al menos con este nombre la conocen los pescadores y marineros, la gente que vive allí la llama isla de Bay Farm -y señalando más a la derecha-, y por allí está San Leandro. No se puede ver, pero está allí. -¿Has estado alguna vez? -preguntó Joe. Frisco movió la cabeza y le indicó que le ayudara a subir la red de estribor. -A esto llaman ellos los bancos desiertos -volvió a decir-. No pertenecen a nadie. Los piratas van más allá a trabajar fraudulentamente. -¿Por qué fraudulentamente? -Porque son piratas y porque cuesta dinero pescar en los bancos privados. Con un gesto señaló hacia el Este y Sudeste. -Los bancos privados están por allá, y si no hay tormenta, toda la flota hará una incursión allí esta noche. -¿Y si hay tormenta? -preguntó Joe. -Pues no iremos y French Pete se volverá loco. Siempre le sabe muy mal ver sus proyectos desbaratados por el tiempo. Y realmente no tiene aspecto de amainar. Esta costa es la peor que puedas imaginarte para un temporal de Poniente. Pete quizás quiera resistir; pero más valdría salir antes de que aullase la tormenta. Al principio pareció que el tiempo iba a mejorar. El fuerte viento Sudoeste que había soplado disminuyó sensiblemente, y a mediodía, cuando anclaron para comer, el sol se abrió paso a través de las nubes. -Esto va bien dijo en tono profético Frisco Kid-. Pero si de algo ha de valerme haber navegado, me parece que el tiempo se dispone a darnos un mal rato. -Creo, que tienes razón -concedió French Pete-. Pero el Dazzler resistirá lo mismo. La última vez pasó la tormenta y tuvimos una buena noche. Esta vez también será así. ¿No es eso?
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