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CAPÍTULO 19
Ambos muchachos corrieron al sollado. Se hallaban al extremo del rompeolas, y en aquel momento se levantaba por encima de ellos una ola de cuarenta pies, coronada de espuma, robándoles el viento y amenazando aplastar la diminuta embarcación como si fuese una cáscara de huevo. Joe contuvo el aliento. French Pete orzó directamente sobre ella, y el Dazzler remontó de una embestida la ruda pendiente, se balanceó un instante en la vertiginosa cima y cayó en el valle que se abría al otro lado. Alejándose a intervalos para llenar la vela mayor, y luego cortando las olas, se abrieron camino a través del peligroso paso. Después les sorprendió la punta de una ola y poco faltó para que desaparecieran entre la espuma; pero aparte de esto, el bergantín se bamboleaba y se zambullía con la facilidad de un corcho. A Joe le parecía estar fuera de la realidad... fuera del mundo. ¡Oh, aquello era vivir! ¡Aquello era acción! ¡Aquél no era el mundo vulgar en que tanto tiempo había vivido! Los marinos, agrupados en la cubierta inundada de la goleta, agitaban las gorras impermeables, y hasta el capitán, desde el puente, expresaba su admiración por el atrevido barco. -¡Ah, mirad, mirad! -dijo French Pete, señalando a popa. La goleta había tenido miedo de aventurarse y rodeaba el extremo de la barra para alejarse de allí. La caza había terminado. El remolcador de los prácticos, que corría a refugiarse del temporal que se aproximaba, voló por su lado como un pájaro asustado, pasando junto a la goleta, como si ésta hubiese estado parada. Media hora después el Dazzler salvaba la última ola y se deslizaba por la vasta superficie del Pacífico. El viento había aumentado la velocidad, y fue preciso poner otro rizo al foque y a la vela mayor. Después viraron otra vez con toda facilidad sobre estribor, hacia las Farralones, treinta millas más lejos. A tiempo de tomar el desayuno, alcanzaron al Reindeer, que estaba dando tumbos y tratando de alejarse de la costa. El timón estaba amarrado y sobre cubierta no había un alma. French Pete lamentaba amargamente tamaña temeridad. -Ésta es una de las faltas de Red Nelson. No se preocupa, ni tiene miedo a nada. El mejor día morirá, ¡oh, ya lo creo! Tres veces dieron la vuelta al Reindeer, gritando a coro al pasar por barlovento, antes de que nadie subiese a cubierta. Entonces izaron las velas enseguida y las dos cáscaras de caracol se perdieron en la inmensidad del Pacífico. Esto era preciso, según informó Frisco Kid, a fin de hallarse en alta mar antes de que estallase sobre ellos toda la furia del temporal. De lo contrario, se verían arrastrados por el viento contra la costa de California. Para obtener agua y alimentos, ya desembarcarían cuando fuese oportuno. Red Nelson felicitó a Joe por el hecho de no marearse, cuya circunstancia atrajo también los elogios de French Pete y le puso de mejor humor con el marinerito rebelde. -Voy a decirte lo que se puede hacer -murmuró Frisco Kid al oído de Joe, mientras guisaba la comida-. Esta noche llevaremos abajo a French Pete... -¿Llevar abajo a French Pete? -Sí, en cuanto oscurezca le ataremos bien; apagaremos las luces, avanzaremos hacia tierra y ganaremos puerto sea como sea, tan pronto como podamos desprendernos de Red Nelson. -Eso estaría muy bien -reflexionó Joe-, si pudiese realizarlo yo solo. Porque pedirte que me ayudaras sería obligarte a hacer traición a French Pete. -A eso voy. Te ayudaré si me prometes algunas cosas. French Pete me tomó cuando me escapé del asilo, medio muerto de hambre y sin saber adónde ir. No puedo pagarle todo esto enviándolo a presidio. No sería honrado. Tu padre no te haría faltar a tu palabra, ¿verdad? -¡Claro que no! -dijo Joe, que sabía cuán escrupulosamente mantenía su padre la palabra de honor. -Pues tienes que prometerme, y tu padre deberá sostenerlo, que no se hará ningún daño a French Pete. -Muy bien. Y ahora, en cuanto a ti... ¡Supongo que no querrás volver al Dazzler! -¡Oh, no te preocupes por mí! Yo no tengo quien me espere. Soy lo bastante fuerte y conozco suficientemente mi oficio para embarcarme como marino. Me dirigiré a cualquier punto del otro lado del mundo y empezaré de nuevo la vida. -Pues entonces, habrá que dejarlo estar. -¿Dejar estar el qué? -El deshacernos de French Pete y huir. -De ningún modo. Eso está ya decidido. -Pues yo no pienso intervenir en nada, y prefiero ir a Méjico, si no me prometes una cosa. -¿Qué cosa? -Que te entregues a mi iniciativa en cuanto desembarquemos. Tú no conoces nada de tierra, al menos... eso dijiste. Yo sé que puedo, con el apoyo de mi padre, ponerte en situación de estudiar y educarte y llegar a ser algo más que un pirata. ¿No es eso lo que a ti te gustaría? Aunque Frisco Kid no dijo nada, de sobra daba a entender la expresión de su semblante cuánto le complacía aquello. -Y será lo que te has merecido -prosiguió Joe-. Porque me has ayudado a recobrar el dinero de mi padre. A ti te lo deberá. -Pero yo no lo hago por eso, ni me parece bien que haya quien haga un favor sólo para que se lo paguen. -Bueno, cállate. Tú no puedes calcular lo que gastaría mi padre pagando a detectives para recuperar esta caja de caudales. Dame tu palabra, y cuando todo esté arreglado, si no te conviene podrás marcharte. Ya verás qué bien. Después de este pacto se estrecharon las manos y se dedicaron a trazar el plan de campaña para la noche. Pero el temporal que llegó aullando del Noroeste había dispuesto otra cosa muy distinta para el Dazzler y su tripulación. Después de comer, a pesar de que la tormenta no había alcanzado aún el punto máximo, se vieron obligados a doblar los rizos de la vela mayor y del foque. El mar se había agitado hasta convertirse en una serie de montañas de agua que, vistas desde la cubierta poco elevada del bergantín, constituían un espectáculo terrible y grandioso a la vez. Los barcos únicamente podían verse uno a otro cuando las olas los mecían sobre sus crestas. De vez en cuando una ola se precipitaba por el sollado o se estrellaba contra la cabina, y Joe no podía apartarse un solo momento de la pequeña bomba. A las tres, French Pete, que acechaba la ocasión, indicó al Reindeer que virara y soltara un áncora de resistencia. Ésta tenía la forma de un saco de lona ancho y poco pro fundo, cuya boca mantenían abierta tres palos amarrados en triángulo. Atados a ellos había tres cables de remolque con el fin de presentar al agua la mayor superficie. El bergantín, aun derivando con más rapidez, dominaba con la proa el viento y las olas, siendo esta posición más segura en un temporal. Red Nelson respondió con un gesto de la mano que había comprendido y que siguiera adelante. French Pete se dirigió a proa para echar el áncora de resistencia, dejando encargado a Frisco Kid de inclinar el timón en el momento oportuno y correr a sotavento. El francés se balanceaba en la resbaladiza proa, esperando la ocasión. Pero en aquel momento el Dazzler se vio elevado por una ola enorme, y cuando alcanzó la cima y se preparaba a acortar la quilla, le cogió una fuerte ráfaga. A tan súbita presión, ni las velas ni las drizas del mástil ofrecieron la menor resistencia. No hubo más que un crujido seco seguido de un violento choque. El fuerte aparejo de barlovento fue arrancado por los rebenques, y el mástil, el foque, la vela mayor, las garruchas, los estays, el áncora de resistencia, French Pete..., todo cayó al mar. Casi por un milagro el capitán pudo agarrarse al cabo del bauprés y trató de subir por allí. Los muchachos corrieron a proa para ayudarle a salvarse, y Red Nelson, al ver el desastre, se apoderó del timón y voló en su socorro.
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