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CAPÍTULO 16
-¿Se parece a ésta? -preguntó desdoblándola y volviéndola para que el otro la viese. Era un grabado de media página, que representaba un grupo de dos niñas y un niño en una habitación amueblada a la antigua, pero con elegancia, y en actitud de consultar algo. La niña que estaba hablando, miraba al espectador, y los otros dos se hallaban vueltos de espaldas. -¿Quién? -inquirió Joe, perplejo, pasando los ojos desde el grabado al rostro de Frisco Kid. -Tu... tu hermana... Bessie. La última palabra parecía resistirse a salir de sus labios, y se expresaba con cierta tímida reverencia, como si aquello fuese algo inefablemente sagrado. Joe, de momento, no supo qué contestar. No podía hallar ningún punto de semejanza entre los dos, y además, las niñas eran seres muy insignificantes para perder el tiempo con ellas. «Ahora se ruboriza», pensó al observar el suave carmín que ascendía a las mejillas de Frisco. Sintió un deseo irresistible de reír y trató de sofocarlo. -¡No, no te rías! -gritó Frisco Kid, recogiendo el papel y metiéndolo otra vez en la caja de aseo con mano trémula. Luego añadió, más lentamente: -Yo creí... me figuraba que lo habrías comprendido... y... y... Al volverse rápidamente le temblaban los labios y en sus ojos había un brillo singular. Un instante después Joe estaba a su lado, junto a la cama, atendiéndole cuidadosamente. Lo hizo sin pensar, movido por algún reproche instintivo. Una semana antes no hubiese podido imaginarse tanta solicitud; pero ahora le parecía la cosa más natural del mundo. No lo sabía, pero comprendía que aquello tenía una profunda significación para su compañero. -Anda, empieza a contar -le dijo abrazándose a él tiernamente-. Ya lo comprenderé. -No, no lo comprenderás. No puedes. -Sí, veras. Comienza. Frisco se resistía y movía la cabeza. -No sé si podré, de todos modos. Son cosas que siento y que no sé expresar con palabras Joe le dio unos golpecillos en el hombro para tranquilizarle, y conti nuó-: Bueno, es algo así. Mira, yo sé muy poco de las cosas de tierra y de la gente, y nunca he tenido hermanos ni compañeros de juego. Siempre he ignorado todo esto pero me sentía solo... como si me faltase algo aquí -y se puso una mano sobre el pecho-. ¿Has sentido alguna vez hambre de verdad? Bueno, pues eso es lo que sentía yo precisamente, sólo que era otra clase de hambre, que no podía determinar. Pero un día, ¡oh! hace mucho tiempo de esto, llegó a mis manos una revista y vi un grabado, éste, con las dos niñas y el niño que están hablando. Pensé que me gustaría estar como ellos, y fui imaginando las cosas que dirían y harían, hasta que de pronto me di cuenta y comprendí que lo que yo tenía no era sino soledad... Pero sobre todo me maravillaba la niña que en el grabado está de frente. Pensaba en ella a todas horas, y poco a poco se fue convirtiendo en una realidad. Yo sabía que era un engaño, pero luego no lo quería creer. Cuando pensaba en los hombres, en el trabajo y en la vida implacable, comprendía que era un engaño; pero cuando pensaba en ella ya no me lo parecía. No lo sé; no puedo explicarlo. Joe recordaba las aventuras por mar y tierra que había imaginado, y asentía con la cabeza. Al menos esto lo comprendía bien. -Por supuesto que era una tontería; pero el tener por amiga o camarada a una niña así, me parecía lo más delicioso del mundo. Hace ya mucho tiempo de esto, yo era entonces un chiquillo; fue cuando Red Nelson me puso este nombre, y desde aquel día no he sido sino Frisco Kid. Al principio sacaba siempre el retrato de la niña para contemplarlo, y poco después empecé a sentir vergüenza por si yo no era digno de esto. Mas tarde, cuando ya fui mayor, volví a mirarlo, pero de otra manera. Pensaba: «Suponte, Kid, que algún día llegaras a encontrar una niña como ésta. ¿Qué pensaría de ti? ¿Podría quererte? ¿Podría siquiera ser amiga tuya?» Y entonces me proponía mejorar y tratar de hacer algo, a fin de que ella u otra parecida pudiese conocerme sin tener que avergonzarse. »Por eso aprendí a leer. Por eso huí. Nicky Perrata, un muchacho griego, me enseñó las letras, y hasta que supe leer no adiviné que el piratear era realmente una cosa ilícita. Estaba acostumbrado a ello desde que tenía uso de razón, y casi toda la gente que conocía vivía de lo mismo. Pero al enterarme me escapé enseguida, creyendo librarme para siempre de esta vida de pirata. Algún día sabrás cómo fue el volver a esto. »Naturalmente, cuando yo era pequeño me parecía una niña de verdad, y aun ahora hay veces que me lo parece; tanto es lo que he pensado en ella. Pero mientras te estoy hablando todo se aclara y se me aparece bajo otro aspecto. Ella representa sencillamente una vida mejor y más pura, la que me hubiese gustado; y de haber podido vivir así, hubiese conocido muchachas como ella y gente de su clase (de la tuya); esto es lo que quiero decir. Así es como llegué a sentir deseos de saber cosas acerca de tu hermana y de ti; el porqué, no lo sé; yo creo que estaba admirado simplemente. Supongo que tú conocerás muchas niñas como ésta, ¿verdad?» Joe asintió. -Entonces, cuéntame, cuéntame algo -dijo al notar en los ojos de Joe una fugaz expresión de duda. -¡Oh, eso es fácil! -afirmó Joe valientemente. Comprendía hasta cierto punto el ansia del muchacho, y le pareció empresa sencilla satisfacerle, al menos parcialmente. -Para empezar, te diré que son... bueno; son como... niñas; eso es, exactamente, niñas. Cesó de hablar, sintiéndose incapaz de salir airoso. Frisco Kid esperó pendiente de sus palabras. Joe se esforzaba con toda su voluntad en ordenar sus ideas. A su mente acudían en rápida sucesión todas las niñas que habían sido sus condiscípulas, las hermanas de sus conocidos y amigos; unas eran delgadas, otras gruesas; unas altas, otras bajas; de ojos azules y de ojos negros; de pelo rizado; morenas, rubias; en fin, una procesión de niñas de todos los tipos y clases. Pero no pudo decir nada acerca de ellas para salir del paso. Él nunca había sido un afeminado, y no tenía por qué saber nada de ellas. -Son exactamente iguales a las que tú conoces, Kid... naturalmente. -Pero yo no conozco ninguna. Joe soltó un silbido. -¿Y nunca conociste? -Sí, una, Carlotta Gispardi. No sabía hablar inglés y yo no sabía italiano y ésta murió. Aunque jamás conocí a ninguna, me parece que estoy tan enterado como tú. -En cambio, creo que yo sé más de aventuras y correrías por el mundo que tú -replicó Joe. Ambos muchachos se echaron a reír. Un momento después, Joe se sumió en una profunda meditación. Se le ocurrió de pronto que no había agradecido bastante las cosas buenas de la vida que había poseído. El hogar, el padre y la madre habían adquirido mayor importancia para él; pero ahora empezaba a atribuir más valor personal a su hermana, a sus amigos y a sus camaradas. Nunca les había apreciado debidamente, y en adelante..., bueno, en adelante ya sería otra cosa. La voz de French Pete llamándoles puso fin a la conversación y ambos subieron a cubierta.
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