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Capítulo XVII

CAPÍTULO 17
FRISCO
KID CUENTA SU HISTORIA

-¡Izad la vela mayor y levad el ancla! -gritó el francés-. ¡Y luego a seguir al Reindeer! ¡No encendáis las luces laterales!

-¡Ven! Suelta aquellos tomadores... ¡aprisa! -ordenó Frisco Kid-. Ahora a las drizas del penol... aquí, aquella cuerda... suelta la clavija. Y no la ices cara a mí. ¡Eso es! ¡Aprieta cuanto puedas! Luego la desplegaremos. Corre a popa y ocúpate de la vela mayor. ¡Empuja el timón hacia arriba!

Bajo el súbito impulso de la vela mayor, el Dazzler se encabritó y tiró del áncora como un caballo impaciente, hasta que el hierro encenagado dejó el fondo de un tirón y quedó libre.

-¡Suelta la lona! ¡Vuelve a proa y ayúdame a subir la cadena! ¡Sostén para que pueda aflojar el foque!

Frisco Kid, el muchacho que se extasiaba ante las niñas de las revistas ilustradas, había desaparecido, y sobre cubierta quedaba únicamente el marino fuerte y dominador. Corrió a popa y viró en redondo cuando el foque se agitó en lo alto por mano de Joe, que fue a reunírsele enseguida. En aquel preciso instante, el Reindeer, como un murciélago monstruoso en la oscuridad, pasó a sotavento.

-¡Ah, estos muchachos! ¡No acabarán en toda la noche! -oyeron exclamar a French Pete; y después la voz dura de Red Nelson, que decía:

-No te importe, francés. Yo enseñé a Kid a navegar, y todavía no he tenido que avergonzarme de él.

El Reindeer era más rápido, pero evitando el impulso del viento en las velas, se las arreglaban de manera que los muchachos no les perdieran de vista. La brisa de Poniente se hizo más fuerte, prometiendo aumentar en breve. Las estrellas desaparecían tras masas de nubes movedizas que indicaban una velocidad mayor en las capas superiores. Frisco Kid examinó el firmamento.

-Antes de que amanezca, tendremos tiempo bueno y firme -aseguró-, como ya te dije.

Varias horas después los dos barcos se detuvieron frente a la costa de San Mateo y anclaron a una distancia no mayor que la longitud de un cable. Vieron surgir un pequeño muelle del cual sólo distinguían el extremo, pero después advirtieron que a corta distancia estaba amarrado un yate.

Según costumbre, lo dejaron todo dispuesto para una partida precipitada. En un momento dado las áncoras podían ser recogidas y las velas izadas. Dos esquifes vinieron silenciosamente desde el Reindeer. Red Nelson había dado uno de sus hombres a French Pete, a fin de que hubiese dos en cada bote. No ofrecían un aspecto muy imponente -al menos a Joe no se lo pareció- a pesar de que sus rostros tenían una cruel seriedad. El capitán del Dazzler se ciñó el cinturón de las pistolas y colocó en el bote el rifle y una fuerte garrucha doble. Ofreció vino a todos y en la oscuridad de la cabina brindaron por el éxito de la expedición. Red Nelson iba también armado, mientras sus hombres llevaban enfundado en la cadera el cuchillo de los marineros. Penetraron en los botes muy despacio y con grandes precauciones, procurando evitar todo ruido. French Pete se detuvo para advertir a los muchachos que permanecieran a bordo y no trataran de hacer ninguna jugarreta.

Ahora sería la nuestra, Joe, si no se hubieran llevado el esquife -murmuró Frisco Kid, cuando los dos botes hubieron desaparecido a lo lejos.

-¿Y por qué no con el Dazzler? -respondió de pronto Joe-. Podríamos izar las velas y huir enseguida.

Frisco Kid dudaba. El espíritu de compañerismo era muy fuerte en él y le repugnaba abandonar al capitán en aquel aprieto.

-Creo que no estaría muy bien dejarle en tierra Aijo-. Por supuesto -continuó rápidamente-, sé que todo esto es inicuo; pero recuerda la primera noche que llegaste corriendo hasta el bote, mientras aquellos hombres disparaban. Nosotros no te dejamos, ¿verdad?

Joe asintió muy a disgusto, y entonces una idea nueva cruzó por su mente.

-Pero ellos son piratas... ladrones... y criminales -dijo-. Están infringiendo las leyes, y ni tú ni yo queremos hacer tal cosa. Además, no quedarían abandonados. Está el Reindeer Nada les impide escapar en él, y a nosotros no nos pillarán gracias a la oscuridad.

-Ven, pues.

Aunque había consentido, Frisco Kid no estaba del todo satisfecho, porque aquello seguía pareciéndole una deserción.

Fueron arrastrándose y comenzaron a izar la vela mayor. En caso necesario podían dejarse el áncora y no entretenerse subiéndola. Pero al primer rechinamiento de las drizas en las roldanas llegó hasta ellos una orden a través de las sombras:

-¡Bajad eso enseguida!

Mirando en la dirección de donde procedían aquellos sonidos, descubrieron un rostro que asomaba por la barandilla del otro bergantín.

-No tengas miedo, es el grumete del Reindeer -dijo Frisco-. ¡Ven!

Volvieron a la maniobra, y nuevamente en cuanto hicieron ruido vino a interrumpirles el grumete:

-¡Os digo que dejéis las drizas enseguida, y si no, veréis lo que os pasa!

Esta amenaza, seguida del chasquido de una pistola al ser amartillada, hizo obedecer a Frisco Kid, que se volvió al sollado refunfuñando:

Ya se presentarán otras ocasiones. French Pete ha sido muy perspicaz, ¿verdad? Se figuró que tratarías de huir y ha puesto guardia.

De la playa no llegaba indicio alguno que les diera a conocer cómo les iba a los piratas. No ladraba ningún perro, ni se veían luces. Hasta el aire parecía estremecerse alarmado. Apretujaronse los muchachos uno contra otro en el sollado y quedaron esperando.

-Tú ibas a hablarme de tu huida y de la causa de tu regreso -se aventuró a decir Joe.

Y entonces Frisco Kid empezó la narración en voz baja al oído de su compañero.

-Cuando determiné dejar esta vida no había un alma para ayudarme, pero sabía que la única cosa que podía hacer era desembarcar y buscar trabajo, a fin de costearme los estudios. Luego pensé que tendría más probabilidades en el campo que en la ciudad. Entonces estaba en el Reindeer, y determiné dejar a Red Nelson. Una noche, hallándonos en los bancos de ostras de Alameda, desembarqué y me alejé del mar tan velozmente como me lo permitían mis piernas. Nelson no me cogió; pero por allí todos eran labradores portugueses y ninguno tenía trabajo para mí. Además, era invierno; la peor época del año. Esto te demostrará lo enterado que estaba yo de las cosas de tierra.

»Tenía ahorrados un par de dólares. Decidí viajar e internarme cada vez más en busca de trabajo, comprando pan y queso o cosas parecidas a los encargados de los almacenes. Hacía frío durante aquellas noches, y las pasaba sin mantas, al raso, deseando siempre que llegase el nuevo día. Pero, peor que todo esto era la manera con que todo el mundo me miraba. Desconfiaban de mí y no temían demostrarlo; otras veces me azuzaban los perros y me decían que pasara de largo. Luego se me acabó el dinero y precisamente cuando empezaba a tener más hambre fui detenido.

-¡Detenido! ¿Por qué?

-Por nada. Por vivir, supongo. Me había metido en un montón de heno para dormir, porque se estaba allí más caliente; llegó un guarda del pueblo y me arrestó por vagabundear. Al principio creyeron que era un fugitivo, y telegrafiaron mis señas a todas partes. Yo les dije que no tenía a nadie, pero durante mucho tiempo no quisieron creerme. Y después, viendo que no había quien me reclamara, el juez me envió a un asilo de niños, en San Francisco.

Se detuvo y miró atentamente hacia la costa. La oscuridad y el silencio eran profundos y parecían haberse tragado a los hombres. Nada se movía, excepto el viento, que empezaba a soplar suavemente. Frisco Kid prosiguió su narración:

-Creí morirme en aquel asilo. Era como una cárcel. Nos encerraban y vigilaban como prisioneros; lo hubiera pasado menos mal si hubiese podido congeniar con los otros muchachos. Pero en su mayoría eran golfillos de la peor clase: mentirosos, rastreros y cobardes, sin pizca de nobleza ni la menor idea de honradez y sinceridad. Únicamente una cosa me gustaba: los libros. ¡Oh, te aseguro que me di unos atracones de leer! Pero esto no podía compensarme de lo demás. Yo necesitaba libertad, la luz del sol y el agua salada. ¿Qué había hecho para estar encerrado y mezclado con aquella chusma? En lugar de proceder mal, había tratado de obrar con rectitud, de perfeccionarme, y aquello era lo que había ganado. Era demasiado joven para pensar por mi cuenta, y como ya no podía más, aprovechando una ocasión me escapé. Parecía como si en tierra no hubiera lugar para mí, por lo que me uní con French Pete y volví al mar. Eso es todo; pero en cuanto sea un poco mayor, volveré a probar fortuna; lo bastante mayor para ganarme la vida solo y honradamente.

-Tú volverás a tierra conmigo -dijo Joe con autoridad, poniéndole la mano en el hombro-. Eso es lo que harás. En cuanto...

¡Pum! En la playa sonó un disparo de revólver. ¡Pum! ¡pum! Los tiros se sucedían con extraordinaria rapidez. Rasgó el aire una voz de hombre y se extinguió enseguida.

Alguien empezó a gritar pidiendo auxilio. Al instante se habían puesto de pie los muchachos, izando la vela mayor y preparándolo todo. El grumete del Reindeer hacía otro tanto. En el yate anclado a corta distancia, un hombre, despertado bruscamente, asomó asustado la cabeza, pero se retiró enseguida. Desaparecida la tensión de la espera, había llegado la hora de obrar.

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