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CAPÍTULO 18
-¡Izad las velas y soltad! -French Pete se olvidó de aceitarlas -dijo Frisco Kid refiriéndose a las garruchas. -Ahora se ocupará de eso, ¿verdad? -replicó el grumete del Reindeer sentándose en el techado de la cabina y secándose la cara, después del esfuerzo de izar él solo la vela mayor. -Me parece que no les ha pasado nada -prosiguió Frisco Kid-. ¿Está todo dispuesto? -Sí, aquí todo. -¡Eh! -les gritó el hombre del yate sin atreverse a sacar la cabeza-. Bien podrían ustedes marcharse enseguida. -También podría usted callar y estarse quieto -fue la respuesta que le dieron-. Nosotros ya nos arreglaremos; haga usted otro tanto. -Si estuviese ahí fuera, ya verían ustedes -les amenazó. -Por suerte suya, no es así -respondió el grumete del Reindeer. Y el hombre no volvió a hablar. -Ya vienen- dijo de pronto Frisco Kid a Joe. Los dos botes surgieron de la oscuridad y llegaron al lado de los barcos. Según se desprendía del tono de voz de French Pete, venían disputando. -¡No, no! -gritaba-. Cárgalo en el Dazzler. El Reindeer corre demasiado y desaparecerá tan rápidamente que no volveré a verle jamás. Cárgalo en el Dazzler.. ¿Eh? ¿qué dices? -Bueno, está bien -convino Red Nelson-. Luego lo repartiremos. Pero hay que darse prisa. Fuera muchachos, y ayudad a subirlo. ¡Tengo el brazo roto! Los hombres saltaron a bordo, tiraron las cuerdas, y todas las manos, excepto las de Joe, se pusieron al trabajo. Las voces, el ruido de remos, el rechinar y golpear de garruchas y velas indicaban que los de la playa se ponían en movimiento para perseguirles. -¡Ahora! -ordenó Red Nelson-. ¡Todos juntos! ¡No dejéis que vuelva atrás, si no, destrozaréis el bote...! ¡Ahora va bien! ¡Un tirón largo y fuerte! ¡Otra vez! ¡Y otra...! ¡Que alguien dé la vuelta y sostenga! A pesar de que el trabajo sólo se había realizado a medias, se hallaban extenuados por el tremendo esfuerzo y lo terminaron impacientes. Joe miraba por la borda para adivinar qué podría ser aquel objeto tan pesado, y distinguió la vaga silueta de una caja de caudales. -¡Ahora todos juntos! -comenzó otra vez Red Nelson-. ¡No os detengáis! ¡Arriba! ¡Otra vez! ¡Y otra! ¡Ya está! Tirando y jadeando, con los músculos en tensión y el pecho palpitante, subieron la incómoda carga, la suspendieron en el borde de la barandilla y la bajaron al sollado sin detenerse. Las puertas de la cabina se abrieron de par en par y la metieron lentamente hasta dejarla en el suelo, arrimada al extremo de la sobrequilla. Red Nelson les había seguido para dirigir la maniobra. El brazo izquierdo le pendía inerte, y por las puntas de los dedos goteaba la sangre con monótona regularidad. Sin embargo, parecía no darle importancia, como tampoco se la concedía al rumor de la tempestad humana que había provocado en tierra y que, a juzgar por el tumulto, amenazaba descargar sobre ellos. -¡Haced rumbo al Golden Gate! -dijo a French Pete cuando se volvía para marcharse-. Yo trataré de estar cerca, pero si te pierdes en la oscuridad, al amanecer iré a buscarte fuera, más allá de las Farrallones. Saltó en el bote detrás de los hombres, y con un gesto de su brazo herido gritó: -¡Y luego a México, compañeros... México, donde siempre es primavera! Al mismo tiempo que el Dazzler, libre del áncora, partía bajo el impulso del foque, asomó por la popa una vela oscura, faltando poco para que no tropezara con el esquife que iba a remolque. El sollado de este barco desconocido estaba atestado de hombres, quienes al ver a los piratas, gritaron furiosos. Por la mente de Joe pasó la idea de correr a proa y cortar las drizas, a fin de que el Dazzler fuese capturado. Según había dicho el día antes a French Pete, él no había cometido nada de que tuviera que avergonzarse, y no temía presentarse ante un tribunal de justicia. Pero al pensar en Frisco Kid se contuvo. Deseaba llevarlo consigo a tierra; pero al obrar así ahora, haría que fuese a presidio. Además, él también empezó a interesarse vivamente en la huida del Dazzler. El bergantín que les perseguía viró rápidamente para darles caza y rozó en la oscuridad al yate allí anclado. El hombre que había a bordo, creyendo que ahora le tocaba a él, dio un alarido, corrió desaforado por la cubierta y se lanzó al agua. Aprovechando la confusión, y mientras los otros procuraban salvarle, French Pete y los suyos desaparecieron en las sombras. El Reindeer ya se había perdido de vista, y cuando Joe y Frisco Kid hubieron recogido las garruchas y puesto todo en orden, se hallaron en alta mar. El viento refres caba constantemente y el Dazzler emprendió una loca carrera por aquella superficie relativamente tranquila. Antes de una hora habían dejado atrás las luces de Hunter's Point. Frisco Kid bajó para hacer café, pero Joe permaneció sobre cubierta, viendo crecer las luces de la parte Sur de San Francisco y meditando acerca del punto de destino. ¡México! ¡Iban a navegar en tan frágil embarcación! ¡Imposible! Al menos eso creía él, pues la idea que se había formado de los viajes por el océano quedaba reducida a los buques de vapor y a los barcos perfectamente equipados. Comenzaba a lamentar no haber cortado las drizas y deseaba dirigir mil preguntas a French Pete; pero precisamente cuando iba a formular la primera, este digno personaje le mandó bajar para tomar café y acostarse. Poco después le siguió Frisco Kid, y French Pete se quedó solo, ocupado en alejarse del golfo y salir al mar abierto. Distinguió una vela a sotavento, en la borda opuesta, que orzaba bruscamente y se aproximaba hasta hacerse perfectamente visible. Pero la oscuridad les favorecía y ya no oyó nada, tal vez porque iban a barlovento y avanzaban con la relinga floja. Poco después del alba, los dos grumetes fueron llamados, y subieron a cubierta soñolientos todavía. El día había amanecido frío y gris y el viento se había convertido en huracán. Joe vio con asombro las blancas tiendas de la estación de cuarentena de Angel Island. San Francisco aparecía al Sur del horizonte como una mancha borrosa, mientras la noche, que todavía se rezagaba por Poniente, se retiraba con lentitud. French Pete acababa de pasar por los Raccoon Straits y al mismo tiempo observaba un bergantín a media milla de popa que se acercaba velozmente. -Se figuran que cogerán al Dazzler- dijo. Y haciendo virar el barco, puso rumbo directamente al Golden Gate. El bergantín que les perseguía tomó la misma dirección. Joe lo observó durante unos minutos. En apariencia, corría paralelamente a ellos y pronto pareció que les tomaba la delantera. -¡A este paso nos alcanzarán enseguida! -gritó. French Pete se echó a reír. -No lo creas -replicó-. Ellos siguen, pero nosotros dirigimos. A ellos el viento les ofrece resistencia y a nosotros nos empuja. ¡Espera y veras! -Aunque adelanten más -le explicó Frisco Kid-, nosotros estamos más cerca del viento. Y al fin les venceremos, aun cuando tuviesen el valor de cruzar la barra... que no lo creo. ¡Mira, mira! Por la proa se veían las grandes olas del océano elevarse hacia el cielo y precipitarse en atronadoras montañas de espuma. En medio de ellas, mostrando unas veces la carena y hundiendo otras la cubierta cargada de madera, una goleta de cabotaje entraba en el puerto con gran dificultad. La batalla entre el hombre y los elementos era grandiosa. Cualquier temor que Joe hubiese podido abrigar desapareció, y empezaron a dilatársele las narices y a brillarle los ojos ante la inminencia de la lucha. French Pete pidió los impermeables, y a Joe también le equiparon con uno que llevaban de reserva. Después le mandó bajar con Frisco Kid para que amarraran y sujetaran bien la caja de caudales. Estando en esto, Joe echó una ojeada al nombre de la sociedad, escrito con letras doradas en la parte anterior, y leyó: «Bronson & Tate». ¡Cómo, aquello era el nombre de su padre y el del socio de éste! ¡Aquella era su caja de caudales, su dinero! Frisco Kid, que estaba clavando la última grapa en el suelo, levantó los ojos y siguió la mirada de Joe. -¡Qué casualidad! -murmuró-. ¿No es tu padre? Joe asintió con la cabeza. Ahora lo veía todo. Habían ido a San Andreas, donde se hallaban las grandes canteras de su padre, y probablemente aquella caja de caudales contenía los salarios de los mil hombres que allí trabajaban. -No digas nada -le advirtió. Frisco Kid convino sagazmente en callar. -De todos modos, French Pete no sabe leer -indicó-, y es casi seguro que Red Nelson ignore tu nombre. Pero sea como sea, es una casualidad. Sin embargo, tan pronto como puedan la abrirán y se repartirán su contenido. ¿Qué piensas hacer? -Espera y verás. Joe se había propuesto hacer todo lo posible para defender los intereses de su padre. Suponiendo lo peor, no cabía sino perder la caja; y esto es lo que sin duda hubiese ocurrido de no estar él allí; pero ahora tenía cuando menos una probabilidad de luchar para salvarla o ponerse en situación de poderla recobrar. Las responsabilidades se amontonaban rápidamente sobre él. Días atrás no tenía que preocuparse sino de él mismo; luego, de una manera vaga, había creído tener ciertas obligaciones respecto del porvenir de Frisco Kid; después se había dado cuenta de lo que debía a su posición, a su hermana, a sus camaradas y amigos; y ahora, por una inesperada serie de circunstancias, se presentaba la necesidad urgente de defender los intereses de su padre. Era una llamada a todas sus energías, y él respondía valerosamente. Aunque el resultado era problemático, no dudaba; y este mismo estado de ánimo, esta confianza propia, fortalecían su resolución. Tampoco dejó de sentir, y también de una manera vaga, la enorme verdad de que la confianza engendra confianza y el valor aumenta el valor.
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